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Borja Quiza: en el Real, La zarzuela y el Liceu

Staatsoper Unter den Linden
Rameau HIPPOLYTE ET ARICIE
Anna Prohaska, Magdalena Kozena, Adriane Queiroz, Elsa Dreisig, Reinoud Van Mechelen, Roman Trekel. Dirección: Simon Rattle. Dirección de escena: Aletta Collins, Ólafur Eliasson. 25 de noviembre de 2018.
 
Reinoud Van Mechelen (Hippolyte) y Anna Prohaska (Aricie), en Berlín © Karl y Monika Forster 

A cada nuevo intendente, nuevo festival. El sucesor de Jürgen Flimm en la Staastoper, Matthias Schulz, no ha sido la excepción. Ha caído en la misma tentación de crear un festival para reforzar la programación del coliseo y lo hace para poner el acento en más de lo mismo. Hippolyte et Aricie, ópera en cinco actos de Rameau, fue la elegida para arrancar unos nuevos días de Barroco que bien podrían llamarse Cadenza. La expectación era máxima y no por la ópera en sí, raramente representada –y con razón–, sino por el puñado de estrellas que Schulz logró reunir para un bautizo que terminó siendo casi de sangre. Las reacciones de la crítica alemana fueron demoledoras: el precio a pagar por una producción de rayos láser firmada por el islandés Ólafur Eliasson, uno de los diez artistas más influyentes del mundo según el diario The New York Times, pero sin ninguna vinculación con el teatro y el mundo clásico.
Plegados a su voluntad y exigencias técnicas, Schulz logró reunir para este proyecto artístico al maestro Simon Rattle, feliz siempre de participar en las producciones a las que es invitada su esposa, la mezzo Magdalena Kozena, y a la británica Aletta Collonis, productora y coreógrafa.
Eliasson, artista de la luz y del agua, admirado en Londres, Nueva York, Tokio y Versalles, adelantó en un encuentro con la prensa que, para este trabajo, buscó inspiración en el Berlín de los años noventa, más concretamente en la discoteca Tresor, templo de la música tecno por excelencia, aunque el local era un verdadero antro. Guantes con baterías incorporadas que emiten ráfagas verdes, haces de luz se cruzan como espadas y recrean el misterio y la profundidad del bosque, bolsas gigantes de discoteca y personajes vestidos con reflectores y miles de pequeños cristales que ensalzan su divinidad y mantiene pasado y futuro en una equidistancia mágica. Hay cuadros de una belleza extraordinaria. De tanta fuerza visual que Eliasson, como bien dejo entrever Rattle antes del estreno, se lo come todo. “Nos hemos puesto a su servicio”, dijo el maestro británico en lo que pareció un gesto de humildad y cortesía hacia el artista danés y, entre tanto, empresario. Rattle, que dijo haber entrado en contacto con la música de Rameau en la adolescencia, condujo la orquesta barroca de Friburgo con elegancia y tenacidad, intentado ligar el color de las luces de Eliasson con el color de la partitura y la voz humana. Buscando el hueco que dejaban en el escenario, tantos efectos especiales, tantos bailarines y tanta intriga vacía.
Todos se quedaron a medio camino y eso incluyó a los generalmente infalibles Anna Prohaska (Aricie) y Roman Trekel (Tisiphone). El tenor Reinoud Van Mechelen, doliente de la garganta, tuvo una actuación parca y Kozena solo brilló por sus ropajes: aunque vocalmente muy correcta, esta mezzo adolece de falta de dotes dramáticas. En resumen, una producción inusual y abrumadora que haría las delicias del público como instalación al aire libre una noche o como gran espectáculo de luces y danza en un teatro de varieté* Cocó RODEMANN