Ópera Nacional de Chile
Irina Churilova, Sung Kyu Park, Oksana Sekerina, Ievgen Orlov, Pedro Espinoza, Evelyn Ramírez. Dirección: Konstantin Chudovsky. Dirección de escena: Francesca Zambello. 7 de noviembre de 2018.
 
Francesca Zambello se encargó de la puesta en escena de Norma en Santiago de Chile © Ópera Nacional de Chile 
 
Konstantin Chudovsky, al frente de la Filarmónica, ajeno a las sutilezas bellinianas, condujo la partitura sin la inspiración necesaria para esta música que sigue los esquemas del primer romanticismo. Optó por rápidos en la obertura, lo que pareció conducir a una versión enérgica, sin embargo en “Casta Diva” ralentizó todo hasta lo indecible, y desde entonces su batuta fue exterior y poco orgánica, con golpes de efecto que no permitieron atender la cuidada instrumentación y la riqueza melódica. Esto, salvo en el interludio que precede al segundo acto, en el que las cuerdas graves pudieron lucir color e intención dramática. El ampuloso sonido dominante sirvió para la gran escena final, que es uno de los momentos de mayor impacto de la ópera italiana del siglo XIX.
Al término de la función hubo un fuerte abucheo para la puesta en escena: el público chileno no parece dispuesto a ver trasladada la acción de la ópera a otro tiempo. Sin embargo, la producción de Francesca Zambello tiene elementos interesantes, como la monumental escenografía (Peter J. Davidson), con ecos del Panteón romano e interiores napoleónicos; el árbol sagrado, cuyas raíces gobiernan la acción; el vestuario (Jennifer Moeller), que mezcla referencias a los druidas, a los trajes militares del período de Regencia con toques a la romana e incluso guiños a los prerrafaelitas, y la iluminación (Mark McCullough), notable durante el aria de entrada de Norma, de un plateado lunar, y en el último acto, con los hornos de reverbero convertidos en hoguera. El trabajo de actores fue pobre y convencional, anticuado además, y tampoco ayudó el baile de las acompañantes de Norma, que resta solemnidad y seriedad al momento.
La idea de Zambello tiene que ver con cómo se cruzan las centurias y las creencias en la ocupación militar; la rareza es que el tiempo mental no cambia con el traslado visual a este mundo del siglo XIX, de manera que los galos ataviados como campesinos franceses del 1800 mantienen creencias en el escudo de Irminsul y en los poderes sagrados del muérdago… En fin, cosas del teatro que –atención– sirven para mover y enriquecer la imaginación, lo que, guste o no, está muy bien.
Encontrar un elenco para cantar Norma hoy en día es una ardua tarea. Siempre lo ha sido, pero hoy, incluso entre las estrellas de la ópera, no hay muchos que puedan asumir las partes principales de este título. Irina Churilova es una muy buena soprano lírica, con voz de gran tamaño, que le permite llegar al Do agudo en sin dificultad y que puede hacer hermosos pianísimos, pero no es el material adecuado para Norma. En su caso, el fraseo y el recitativo belliniano son tareas pendientes, al igual que la llegada profunda al personaje. El tenor Sung Kyu Park (Pollione) tiene una voz también de considerable volumen y de color brillante, pero su canto suele ser descontrolado y sin matices. Oksana Sekerina, lo mejor del reparto, ofreció una Adalgisa en versión soprano, tal como en el original; la artista lució seguridad, elegante presencia y una inmaculada línea de canto, a pesar de algunas estridencias en el extremo agudo. El bajo Ievgen Orlov no tiene la amplitud que pide Oroveso y su emisión definitivamente no es belcantista. Conjuntados y musicales lucieron la mezzosoprano Evelyn Ramírez (Clotilde) y el tenor Pedro Espinoza (Flavio).  * Juan A. MUÑOZ