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Borja Quiza: en el Real, La zarzuela y el Liceu

Opéra de Monte-Carlo
Saint-Saëns SAMSON ET DALILA
Anita Rachvelishvili, Aleksandrs Antonenko, André Heyboer, Julien Véronèse, Nicolas Courjal, Frédéric Diquero, Marc Larcher, Frédéric Caton. Dirección: Kazuki Yamada. Dirección de escena: Jean-Louis Grinda. Forum Grimaldi, 22 de noviembre de 2018.
 
Jean-Louis Grinda firmó la puesta en escena de Samson et Dalila en Mónaco © Opéra de Monte-Carlo / Alain Hanel
 
Mónaco celebró su fiesta nacional con esta nueva producción de Samson et Dalila en el Forum Grimaldi, una sala con mucho mayor aforo y mayores medios teatrales que el famoso teatro de la ópera de Garnier, junto al casino. El cambio de lugar dio a Jean-Louis Grinda la posibilidad de realizar una puesta en escena espectacular al instalar el templo de Dagon, vale decir lo principal de la escenografía –obra de Agostino Arrivabene–, en el escenario desde el principio, y dispuso luego elementos para ambientar los sucesivos lugares en los que iba a desarrollarse el drama. Los aposentos de Dalila, sencillos y espectaculares, crearon la atmosfera adecuada de la escena de la seducción en el segundo acto; en el tercero, una estatua colosal del dios Dagon ocupó la parte central del escenario. El escenógrafo destruyó el templo mediante un simple efecto óptico muy espectacular. Añádase que el propio Arrivabene diseñó un vestuario de gran fantasía, sin intentar con ello, dar mayor autenticidad a la producción. Escenografía y vestuario transportaron mentalmente al público a otros lugares y a otros tiempos.
Menos que en otras ocasiones, Grinda dio rienda suelta a su imaginación, produciendo esta vez un resultado dramático –en referencia al trabajo de los actores– serio y conforme a lo que pudo haber pedido el autor en su época, con algunas salvedades y otras morcillas –la pesada rueda de molino convertida en molino de agua, o el omnipresente niño angélico ausente en el relato bíblico– de las que no se hablará porque no molestaron.
Se aplaudió la rotundidad y pertinencia de las intervenciones del coro (dirigido por Stefano Visconti), muy en particular las del tercer acto. También fue aplaudido el director musical, Kazuki Yamada, si bien en más de una ocasión había ordenado volúmenes sonoros incompatibles con la potencia de los cantantes (que no era poca). La coreografía de Eugénie Andrin realzó la noche, tanto más cuanto que fue ejecutada por bailarines estupendos del Ballet de la Ópera de Shanghái.
Aleksandrs Antonenko fue un Samson mucho más heroico que lírico; curiosamente, su timbre semejó el de Jon Vickers, que había interpretado repetidas veces el papel en París allá por los años ochenta del pasado siglo. Por lo demás, el tenor ruso mostró una enorme potencia y su dicción francesa fue perfecta; erró un par de notas, sí, en otros tantos momentos importantes y una parte del público, exigente, no se lo perdonó al final de la noche. Anita Rachvelishvili (Dalila) cuidó con gran mimo el aria fetiche de la obra, y sobre todo, tuvo mucho cuidado con la pronunciación de la primera estrofa. Mostró capacidades expresivas y contundencia en su fraseo durante el dúo “Gloire à Dagon” con el Gran Sacerdote de André Heyboer, convincente en el papel, en el acto que cerró plaza. Por lo demás, mostró menos la seducción que la fuerza y más la autoridad que el sentimiento. La pareja protagonista, ya vista en París en idénticos papeles (ÓPERA ACTUAL 196), ha ido evolucionando con el paso del tiempo. Julien Véronèse fue un Abimélech de voz contundente y Nicolas Courjal campeó el papel del Viejo hebreo con gran ciencia y arte.  * Jaume ESTAPÀ