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Borja Quiza: en el Real, La zarzuela y el Liceu

Théâtre des Champs-Élysées
Verdi LA TRAVIATA
Vannina Santoni, Saimir Pirgu, Laurent Naouri, Catherine Trottmann, Clare Presland, Marc Barrard. Dirección: Jérémie Rhorer. Dirección de escena: Deborah Warner. 28 de noviembre de 2018.
 
Vannina Santoni, caracterizada como Violetta en París © Théâtre des Champs-Élysées / Vincent Pontet
 
Con un diapasón a 432 hercios, la utilización de instrumentos del siglo XIX, la ejecución de todos los estribillos y la omisión de notas sobreagudas impuestas por la tradición, Jérémie Rhorer quiso retornar a los orígenes de la obra de Verdi y restituirle su veracidad. No por ello los presentes habrán oído y sentido lo que sintieron y oyeron los espectadores de antaño. La sociedad ha cambiado, pero también Wagner, Puccini, Berg, Britten y tantos otros han pasado desde entonces por los escenarios y han cambiado la percepción del público y la intensidad orquestal y vocal que encarnaba los sentimientos de los personajes en el pasado: “Nadie puede bañarse dos veces en el mismo río”, decía, más o menos, el griego Heráclito. El joven director atacó la obra con ritmos muy lentos y acompañó a los artistas con fluidez y elegancia.
A Deborah Warner, en cambio, según sus declaraciones, le importó poco el respeto por la historia original; llevó la puesta en escena por otros derroteros, subrayando la enfermedad de Violetta como punto focal de su trabajo. Chloé Obolensky y Jean Kalman dispusieron por toda escenografía una decena de camas de hospital que lo mismo ilustró el salón second empire de Violetta que la casa de campo, la sala de juego o la mansarda parisina. Una actriz (Aurélia Thierrée), personaje mudo y doble de Violetta en atuendo de hospital, fue evolucionando en paralelo, sin que fuese obvio que fuese toda la historia un flashback vivido desde el lecho de muerte o, más probablemente, la obsesión de la enferma por su enfermedad. El público apreció medianamente el enfoque de la directora de escena.
Vannina Santoni (Violetta) se mostró muy insegura en el primer acto. Insegura y nada brillante. No le tranquilizó el tenor durante el brindis ni en el diálogo que siguió. Fue durante la entrevista con Germont padre cuando la soprano cambió por completo su actitud; atacó en pianissimo muy oportunamente la célebre réplica “Dite alla giovane”, prosiguió con mayor seguridad luego hasta encarnar por completo su personaje con la expresión “Amami Alfredo!”, cuando creó un momento de gran emoción. Murió (“Addio, del pasato”) como una gran soprano. El público apreció grandemente su trabajo.
Saimir Pirgu, como Alfredo, estuvo mucho más heroico que lírico, convincente en los momentos de enfado, de ira; dispuso de un bello timbre, generosa emisión, masculina, bellos agudos sin forzar el instrumento, y realizó alguna transición de gran estilo; tuvo en cambio dificultades para confeccionar las melodías, sin las cuales el personaje no pudo existir.
Laurent Naouri, muy aplaudido al final de la noche, ofreció una versión dramática original, muy acertada, del padre Germont, apareciendo como un hombre inseguro, endomingado, dejando entrever una condición casi modesta. Quedó muy claro que si el provinciano rico –como se le representa siempre– puede permitirse tener un hijo calavera en París, el provinciano pobre, con una hija por casar –preferentemente con un rico–, debe mirar por la buena fama de toda su familia. Añádase que Alfredo está financiando su vida amorosa con las economías de Violetta: la familia Germont no es rica. Vocalmente se expresó el barítono con voz de trueno, grande y brillante, demasiado grande y demasiado brillante. Utilizó maniáticamente el rubato y buscó las notas en más de una ocasión. No buscó en cambio el aplauso en su célebre intervención “Di Provenza il mare…” y tampoco lo encontró. El resto del reparto cumplió.  * Jaume ESTAPÀ