Teatro alla Scala
Giordano ANDREA CHÉNIER
Yuri Eyvazov, Anna Netrebko, Luca Salsi, Annalisa Stroppa, Mariana Pentcheva, Judit Kutasi, Gabriele Sagona, Costantino Finucci, Gianluca Breda, Francesco Verna, Carlo Bosi, Manuel Pierattelli. Dirección: Riccardo Chailly. Dirección de escena: Mario Martone. 13 de diciembre de 2017.
 
Yusif Eyvazov y Anna Netrebko protagonizaron Andrea Chénier en la inauguración de la temporada lírica en Milán © Teatro alla Scala
 
Un año más la inauguración de la temporada de La Scala acaparó la atención del mundo de la lírica internacional. Y ha sido una buena noticia –después de todas las discusiones que habían inundado las redes sociales–, haber descubierto que el tenor protagonista de la obra de Giordano, Yusif Eyvazov, es un cantante y un artista que merece todos los respetos: es evidente que el color de la voz del marido de Anna Netrebko no es el de un Josep Carreras, que cantó Andrea Chénier en el Liceu al lado de Montserrat Caballé y después en La Scala con Eva Marton y Piero Cappuccilli, pero el cantante de Azerbaiyán sabe cantar, dando color a la emisión, graduando las dinámicas y brindando sentido a la palabra cantada que no excluye el arrebato cuando la ocasión lo requiere. A su lado, la gran estrella actual de la lírica que es Anna Netrebko tuvo que superar un primer acto en que parecía extraña a la parte para, cantando piano y sin buscar oscuridades excesivas, acabar encontrando en Maddalena a la intérprete que todos admiran. “La mamma morta” encontró en ella a una intérprete conmovedora.
 
Luca Salsi (Gerard) posee una voz generosa y un hermoso timbre baritonal que la fluidez de la emisión convierte en toda una garantía. Muy buena la prestación de la mezzo Annalisa Stroppa como Bersi, con aquella arietta compuesta toda ella sobre el passaggio y con una orquesta muy incisiva que resolvió con gran desenvoltura tanto escénica como vocal. De la extensa lista de personajes secundarios, en la que todos estaban perfectamente centrados vocal y escénicamente, hay que citar a Carlo Bosi (Incredibile), que con su meliflua sutileza y su perfil cínico se hace difícil pensar en otro intérprete para este papel. De la Madelon de Judit Kutasi se recordará más la hermosa vocalità que su interpretación un tanto anónima. Mariana Pentcheva tuvo mucho que decir con su orgullosa Condesa de Coigny y gustó también Gabriele Sagona como Roucher, el amigo del protagonista, luciéndose también Francesco Verna como el Sans-culotte Mathieu y el barítono Costantino Finucci como Fléville. El papel del Abate encontró un intérprete muy adecuado en el tenor Manuel Pierattelli, cerrando un censo de comprimarios en que todos quedaron bien.
 
Muy apreciable la dirección musical de Riccardo Chailly, que es bien sabido que ama esta ópera, y ello se notó. De hecho, se recuerdan aún aquellas representaciones de hace más de 30 años, y bajo su dirección esta auténtica obra maestra recupera todo su apasionante frescor y su poesía sin perder ni por un momento la tensión y la soltura ideales. Orquesta y coros en estado de gracia, sobre todo, en el caso de estos últimos, a la guía del maestro Bruno Casoni.
 
El director de escena Mario Martone ha hecho indudablemente un gran trabajo en el ámbito tradicional, con respeto total a la historia y a la dramaturgia. A la facilidad de la lectura han contribuido la naturalidad de movimiento escénico en coro y figurantes y la aportación coreográfica de Daniela Schiavone. La escenografía móvil de Margherita Palli resultó perfecta en un minimalismo que no ahorró detalles en la ambientación. El vestuario de Ursula Patzak mostró el preciosismo de la riqueza de los materiales y de las combinaciones cromáticas, muy favorecidas en la televisión, y el diseño de luces de Pasquale Mari recreó unas atmósferas de vívida sugestión.  * Andrea MERLI