Ópera de Flandes
Wagner LOHENGRIN
Zoran Todorovich, Liene Kinca, Craig Colclough, Iréne Theorin, Goran Juric, Vincenzo Neri, Stephan Adriaens, Dejan Toshev, Alberto Martínez, Patrick Cromheeke, Mari Eriksmoen, Jacques Imbrailo, Leigh Melrose, Matthew Best, Susan Maclean, Anat Edri, Markus Suihkonen, Markus Suihkonen. Dirección: Alejo Pérez. Dirección de escena: David Alden. 7 de octubre de 2018.
 
David Alden firmó la puesta en escena de Lohengrin en Amberes / Ópera de Flandes / Annemie Augustijns
 
Se frotan las manos, y con razón, los aficionados de la Ópera de Flandes al ver a su futuro director musical dirigir una partitura como Lohengrin y comprobar que el foso sube enteros, adquiere profundidad y relieve, y es capaz de tirar de un coro que, cuando se siente inspirado, es apto para cuajar grandes noches. Todo eso ocurrió en este estreno wagneriano, apertura de una temporada que será la última de su actual director artístico, Aviel Cahn. En septiembre llega un nuevo equipo artístico con el belga Jan Vandenhouwe a la cabeza y el maestro argentino Alejo Pérez al frente del apartado musical. Lo dejó entrever en su Debussy del pasado febrero y lo confirmó con este Wagner de gran altura, hondo en los pasajes más líricos y atento a los detalles armónicos y a las dinámicas. El coro se contagió y en todo momento sonó muy sólido y empastado, especialmente en el segundo acto, quizá lo mejor de la noche. Allí se sumaron la excepcional Ortrud de Iréne Theorin y el Telramund de Craig Colclough, que protagonizaron un dúo de gran intensidad y dramatismo.
 
También de lo mejor de la noche fue el rey Heinrich de Goran Juric, una voz profunda, con empaque y volumen. El dúo protagonista, sin embargo, no estuvo del todo perfecto. El tenor Zoran Todorovich asienta un timbre adecuado para el papel de Lohengrin sobre ciertas destemplanzas y carencia de volumen que le resta personalidad y redondez. La soprano Liene Kinca es una gran actriz y posee un centro solvente que se vuelve inestable en los agudos y tirante en los graves. Tampoco le ayuda la colocación trasera de la voz, unida a cierto uso discutible de la gola.
 
La propuesta escénica de David Alden peca de esquemática y de un simbolismo algo simple. La intención se queda en el programa de mano, en el que se ve que la escena debería hacer reflexionar al espectador sobre una Amberes de posguerra, escenario de atrocidades, y un personaje, el de Lohengrin, que se asemeja a los grandes líderes que vinieron después. La ópera se abre en el centro de una gran ciudad cuyos edificios se asientan sobre una base inestable, en diagonal, como en los cuadros de Robert Delaunay. Elsa sale de una mazmorra subterránea, del techo cuelgan tres grandes altavoces y en el ambiente flota un aire de guerra y revolución consumada. Lohengrin llega enfundado en un traje blanco y sombrero Panamá, como si viniera de latitudes más templadas. El frío de la escena se mantiene en el segundo acto, que transcurre en el interior oscuro de los edificios. El tercero, el más extraño y sorprendente, comienza en la estancia del tálamo nupcial de los protagonistas, que preside una reproducción del lienzo La llegada de Lohengrin a Amberes de August von Heckel, que cuelga en las estancias del castillo de Neuschwanstein, en Baviera. Los cambios de escena a telón cerrado tampoco ayudaron a la fluidez narrativa de la historia.  * Felipe SANTOS