Opernhaus
Schreker  DIE GEZEICHNETEN 
Christopher Purves, Thomas Johannes Mayer, Albert Pesendorfer, Catherine Naglestad, John Daszak, Paul Curievici, Iain Milne, Oliver Widmer, Cheyne Davidson, IldoSong, Ruben Drole, Jungrae Noah Kim, Thobela Ntshanyana, Sen Guo, Nathan Haller, Dean Murphy, Alexander Kiechele. Dirección: Vladimir Jurowski. Dirección de escena: Barrie Kosky. 20 de octubre de 2018.
 
John Daszak, Catherine Naglestad y Thomas Johannes Mayer, destacados intérpretes de Die Gezeichneten en Zúrich © Opernhaus / Monika Rittershaus 
 
Inicio de temporada de la Opernhaus Zürich de gran intensidad con la puesta en escena de Die Gezeichneten (Los estigmatizados) de Franz Schreker, basada en la obra de Frank Wedekind Hidala. Esta ópera, que tras su estreno en 1918 vivió momentos de gran popularidad, fue prohibida por el nacionalsocialismo alemán. Schreker fue un reputado compositor germano de origen judío cuyas obras tuvieron mucho éxito a principios del siglo XX hasta que fue vetado en 1933 por el régimen nazi. Sus óperas comenzaron a reaparecer a partir de la década de 1980, y Die Gezeichneten disfruta actualmente de un renacimiento gracias a las últimas producciones en Salzburgo, Múnich y Zúrich.
La obra, de una maravillosa y densa orquestación, es una de las más escandalosas de principios del siglo XX, gira en torno a visiones artísticas, transgresión erótica, perversión y violencia, donde su protagonista, el noble deforme Alviano Salvago, ha realizado su sueño de belleza artística en una isla fuera de la ciudad de Génova y ha creado un Elíseo en el cual imperan la juerga y las orgías sin límites de los otros nobles, sin él saberlo.
Die Gezeichneten bebe de un conjunto de influencias muy heterogéneas, desde el Más allá del bien y del mal de Nietzsche hasta la introspección de La interpretación de los sueños freudiana. Musicalmente, la rica instrumentación de Schreker viene marcada claramente por la influencia wagneriana, pero también de Mahler y Debussy, predominando el expresionista Sprechgesang que le confiere gran teatralidad.
El actual enfant terrible de la escena operística internacional, el australiano Barrie Kosky, volvió a inaugurar la temporada de Zúrich con esta propuesta tan intensa como la música que ilustra. El director de la Komische Oper condujo el hilo dramático a través de la obstinación del protagonista hacia la belleza, la perfección de los cánones clásicos y renacentistas, y su eterna tristeza por no asemejarse a ellos. Sin manos y jorobado, construye un Elíseo de perfección, aquí una Galleria dell’Accademia, más repleta que equilibrada. Carlotta, en esta versión como escultora, vive obsesionada por terminar el juguete roto que es Alviano y otorgarle las manos que le faltan –más que esa búsqueda del alma a través de la mirada– hasta un intenso pseudo-erotismo manifiesto en el momento en que ella encuentra el tacto de sus muñecas vacías. El tercer acto deviene revelador con un juego intenso de una teatralidad casi extrema y de gran impacto. Un gran trabajo del regista australiano que dejó al público con la boca abierta.
Hacía su debut en el podio de la Opernhaus el director ruso Vladimir Jurowski y lo hizo por la puerta grande, gracias a una impactante sonoridad, de generosa intensidad y gran cromatismo. Su batuta estuvo pendiente en todo momento de mantener el hilo perturbador de la música de Schreker y confirió un inmejorable inicio de temporada. De alto impacto fue también la interpretación de John Daszak en el extenuante rol de Alviano, con un tercer acto de reclinatorio que despertó el entusiasmo del público. La voz metálica e incisiva de Catherine Naglestad le vino como anillo al dedo a la desquiciada Carlotta, sobre todo en el dúo del segundo acto, en el que estuvo espléndida. Magnífico también, aunque a otro nivel, el Tamare de Thomas Johannes Mayer, destacando por un instrumento muy sólido y una interpretación no exenta de intensidad. Del resto del compacto y numeroso reparto sobresalió el siempre entregado Christopher Purves (Adorno). * Albert GARRIGA