OCNE
Schoenberg GURRELIEDER
Juliane Banse, Karen Cargill, Simon O’Neill, Barry Banks, Wilhelm Schwinghammer, Tomas Quasthoff. Dirección: David Afkham. Auditorio Nacional, 19 de octubre de 2018.
 
Los Gurrelieder –o Canciones de Gurre, castillo danés donde transcurre la acción de esta historia de amor trágico– están entre las obras más populares de Arnold Schoenberg, junto con Noche transfigurada; sin embargo, no se escuchan con la frecuencia que merecen. Lo primero se debe a que su autor, cuando las compuso, no se había adentrado todavía en las procelosas y sobre todo aburridas aguas del dodecafonismo –el nombre lo dice todo–, y seguía concibiendo el discurso musical con humanidad y buena educación. Lo segundo viene motivado por las exigencias que el autor planteó: una orquesta de unos 150 instrumentos, más un coro imponente y seis solistas, casi todos ellos con intervenciones difíciles. David Afkham, director titular de la ONE, decidió enfrentarse al reto con sus músicos y el Coro Nacional, ampliados los dos –el segundo con el Coro de la Comunidad de Madrid– y salió con éxito del envite.
Afkham, con la inteligencia que le caracteriza, planteó una versión equilibrada y atenta a la complejidad y a la diversidad expresiva de la obra –de Wagner a Mahler–, sin perder nunca de vista la extraordinaria solidez interna de monumento sonoro que, por otro lado, como bien indica Mario Muñoz en sus notas al programa, se desequilibra continuamente en lo armónico e incluso lo tonal. Así se pudo escuchar un maravilloso preludio, tocado con finura y misterio, casi camerístico, una sublime y conmovedora Canción de la paloma, o una desenfrenada Cacería salvaje. La Orquesta estuvo a la altura, sin dudas ni caídas de tensión, con una cuerda tersa y como expectante, unos metales brillantes y sombríos y unas maderas dulces unas veces y otras ácidas, como requiere la partitura. El coro, empastado, rico, sin miedo a subir hasta el máximo volumen pero con riqueza de colores y una teatralidad ejemplar, que le proporcionaron a esta cantata-oratorio, conformada como un  retal de canciones, su unidad dramática, operística por momentos.
En la primera parte el tenor Simon O’Neill se enfrentó a su difícil, casi imposible, parte con valentía y resolución. No siempre salió airoso, al no poder superar el volumen sonoro que se le echaba encima. Otro tanto ocurrió con la soprano Juliane Banse, que a duras penas logró hacerse oír en largos tramos de la obra pesar de un hermoso instrumento, dramático, que logró exhibir sobre todo en la canción final de Tove. La mezzo Karen Cargill, con una voz extensa y poderosa, graves incluidos, se impuso con autoridad y lirismo en la ya mencionada Canción de la paloma, uno de los momentos cumbres de la obra. En la segunda, el tenor Barry Banks, buen conocedor de la ópera italiana más belcantista, compuso con una excelente línea de canto un Bufón sarcástico e inocente a la vez, muy mahleriano, con un fondo orquestal ácido, sin la menor concesión. Excelente el bajo Wilhelm Schwinghammer y gran lección de Thomas Quasthoff en su largo recitado final, tan expresivo como entonado, que es lo que requiere el famoso Sprechgesang schoenbergiano del que esta intervención fue en su día una primicia. Gran respuesta del público, consciente de participar en un momento excepcional.  * José María MARCO