Metropolitan Opera
Saint-Saëns SAMSON ET DALILA
Elina Garanca, Roberto Alagna, Dmitry Belosselskiy, Elchin Azizov, Laurent Naouri. Dirección: Mark Elder. Dirección de escena: Darko Tresnjak. 9 de octubre de 2018.
 
Roberto Alagna y Elina Garanca, protagonista del inicio del curso en Nueva York con Samson et Dalila © Metropolitan Opera / Ken Howard
 
La Metropolitan Opera House de Nueva York inauguró la nueva temporada con un flamante montaje de Samson et Dalila del debutante Darko Tresnjak que, lamentablemente, solo provocó aburrimiento. El regista, con la espectacular escenografía de Alexander Dodge, parecía querer enmarcar la trama bíblica en un capítulo de la original serie de televisión Viaje a las estrellas de la década de los 60 del siglo pasado, para lo que se apoya en una eficaz y también televisiva iluminación de Donald Holder y un evocador vestuario de Linda Cho. El resultado general es de una mediocridad embarazosa.
Lo peor de todo es que la orquesta pareció estar medio dormida bajo la dirección de Mark Elder, con una falta de tensión general de la cual toda escena pareció contagiarse, especialmente en los grandes números corales. Roberto Alagna no posee ni la voz ni el porte físico para Samson en esta cavernosa sala neoyorquina, en la que su instrumento careció del heroísmo indispensable. Tampoco se mostró siempre entonado, aun con su singular estilo francés; su actuación fue débil y poco convincente. Físicamente ideal para el rol de Dalila, es difícil superar la belleza física y escénica de Elina Garanca, pero en esta ocasión su interpretación vocal dejó mucho que desear: su voz cremosa resultó casi inaudible excepto en las partes más dramáticamente agudas, y su actuación recordó más a una modelo de pasarela que a la tentadora bíblica. Dmitry Belosselskiy fue un voluminoso Viejo Hebreo excepto en sus inexistentes graves y Elchin Azizov estuvo pasable como Abimelech. El rol del Sumo Sacerdote de Dagón le quedó demasiado grande a Laurent Naouri como para poder realizar una ejecución positiva. No obstante fue la grotesca coreografía de la bacanal, propia de aficionados aunque firmada por Austin McCormick, la que, junto con el casi inexistente efecto de la caída del templo, culminó por consagrar esta representación como una de las más contundentemente adormecedoras de las últimas décadas.  * Eduardo BRANDENBURGER