Teatro dell’Opera
Mozart LA FLAUTA MÁGICA
Amanda Forsythe, Christina Poulitsi, Julia Giebel, Juan Francisco Gatell, Alessio Arduini, Luigi Buratto, Marcello Nardis. Dirección: Henrik Nánási. Dirección de escena: Barrie Kosky y Suzanne Andrade. 12 de octubre de 2018.
 
Dos detalles del conocido montaje de Barrie Kosky y Suzanne Andrade de La flauta mágica © Teatro dell’Opera / Yasuko Kageyama 
 
Procedente de la Komische Oper berlinesa y después de haber sido representada en 22 teatros –entre ellos, el Real y el Liceu–, llegó ahora a Roma esta edición de la última ópera de Mozart. El regista Barrie Kosky, con la colaboración de Suzanne Andrade y de Paul Barritt, del estudio de animación 1927, deja de lado todas las lecturas misteriosas o masónicas de la obra en favor de un regreso a su carácter de fábula llena de fantasía y de efectos sorprendentes. La flauta mágica queda así transformada en una narración de dibujos animados a la que los cantantes deben incorporarse con movimientos calibrados al milímetro. Un ejemplo: en la primera escena se ve a un aterrorizado Tamino que en realidad está quieto mientras a su alrededor se mueven vertiginosamente los árboles del bosque, que sobrevuela un dragón rojo. De la cantante que interpreta a la Reina de la Noche se distingue solo la cabeza, mientras el cuerpo está inserto en una enorme araña negra cuyas largas patas, en continuo movimiento, cubren todo el escenario. Pero hay más: Monostatos recuerda a Nosferatu; Pamina, a Louise Brooks, y Papageno, a Buster Keaton, el cómico triste del cine mudo, porque esta Flauta mágina es, además de una tira cómica, una película de los años veinte, en la que el diálogo original del Singspiel es sustituido por unos grandes carteles en que puede leerse el texto, como en el cine mudo. Todo es ligero y fantasioso, pero en escena suceden tantas cosas que la música acaba quedando en un segundo plano.
La ejecución musical fue, en cualquier caso, digna de loa. Henrik Nánási es un director cuidadoso e inspirado, aunque un poco más de fantasía y de profundidad no hubieran estado de más. Juan Francisco Gatell, más maduro que cuando cantó esta misma obra en Roma en 2012, mostró una voz más robusta y timbrada aun sin perder por ello ligereza o agilidad; perfecta, por tanto, para Tamino. La Reina de la Noche de Christina Poulitsi, en cambio, sí parece haber perdido algo respecto a años atrás y ahora presenta algunas notas un tanto huecas, aunque sigue siendo espectacular cuando la coloratura se hace especialmente estratosférica. Amanda Forsyhte puso de relieve la melancolía de Pamina, de modo especial en su aria del segundo acto, cuando se cree abandonada por Tamino. El Papageno tierno y al mismo tiempo cómico de Alessio Arduini estuvo bien centrado vocal y escénicamente, al igual que ocurrió con el pérfido Monostatos de Marcello Nardis. Bien en conjunto, a pesar de alguna sonoridad algo cavernosa, el Sarastro de Luigi Buratto y correcta la Papagena de Julia Giebel. Los personajes menores fueron confiasdos a jóvenes cantantes del proyecto Fabrica del Teatro de la Ópera, que mostraron detalles prometedores.  * Mauro MARIANI