The Royal Opera House
Wagner  DER RING DES NIBELUNGEN
Stuart Skelton, Emily Magee, Ain Anger, Nina Stemme, John Lundgren, Sarah Connolly, Gerhard Siegel, Johannes Martin Kränzle, Wiebke Lehmkuhl, Stefan Vinke, Brindley Sherratt, Karen Cargill. Dirección: Antonio Pappano. Dirección de escena: Keith Warner. 24, 26 y 29 de septiembre y 1 de octubre de 2018.
 
Diversos detalles de la producción firmada por Keith Warner para el Anillo londinense © Royal Opera House / Bill Cooper
 
Qué refrescante es presenciar un Anillo completo sin efectismos baratos. Cuando más se goza de este espectáculo sin par en el género operístico es cuando no existen interferencias generadas por directores de escena inmaduros que desean proyectarse por encima de la obra. Keith Warner no es ajeno a ideas modernas y provocadoras, pero nunca se aleja del punto central, narrando la trama de forma coherente. En esta segunda reposición londinense del montaje estrenado entre 2004 y 2006, Warner usa un recurso llamado Personenregie, hoy bastante olvidado en producciones de Konzept, y con esto da vida a los personajes de forma independiente, respondiendo los unos a los otros y a su vez a la música y a las palabras. Con ello se consigue un espectáculo teatral muy activo, con mucha acción, con muchísimos detalles, algunos de los cuales escaparán a la atención del espectador dada la distancia con el escenario. La narrativa de la acción permitía ver a Sieglinde como una figura intensamente sensual, femenina, anhelando el contacto con un hombre a quien ama y respeta. Antes, en El oro del Rin, se veía a los dioses como personas que se habían casado por error y que se daban cuenta pretendiendo que todo estaba bien.  El puntapié con que Fricka despertaba a Wotan no reflejaba ni respeto ni cariño, algo que en el segundo acto de Die Walküre se veía en blanco y negro: un matrimonio que había llegado a su fin y solo se peleaba por los despojos.
Así y todo se aportaban detalles extraordinarios, como la intensidad con la que Fricka –una maravillosa Sarah Connolly– discutía con Wotan y le vencía, descubriendo una a una sus tretas.  Wotan detenía con una mano a Brünnhilde para que no entrase en la discusión, pero era ya demasiado tarde. John Lundgren dibujó un Wotan rabioso, de voz cortante, precisa y con fraseo claro, mientras Nina Stemme encarnaba a una Brünnhilde ideal: la voz no es solamente bella, también es fresca, sin vibrato molesto y con los agudos en forte emitidos sin portamento. Presenciar a esta artista en su mejor momento es no solo un privilegio, sino algo para recordar como un hito. Emily Magee, la desafortunada Sieglinde, desató en esta producción toda su personalidad creando un personaje de tremenda importancia, en especial en el dúo con Brünnhilde del tercer acto. Por su parte, Stefan Vinke dio vida a un Siegfried inocente, casi pueril, que no vacilaba en darle crédito a Mime; el intérprete posee todas las notas y actuó con gran credibilidad; su dúo con Stemme fue un ejemplo de ternura e ignorancia. Cuando Siegfried seguía al Pájaro del bosque al final del segundo acto, olvidaba no solo su espada sino el Tarnhelm, que luego el animal le alcanzaba. Mime llegó en otra extraordinaria creación de Gerhard Siegel.
Durante el problemático comienzo de la tercera jornada, Warner usó elementos de psicoanálisis: el Caminante mataba con su lanza –en su mente– a Erda, cantada con maestría por Wiebke Lehmkuhl. Siempre en El ocaso Brünnhilde hacía de esposa obediente, que se deleita en darle rienda suelta a su joven marido para después, en su angustia, revelar su punto débil a Hagen. Stephen Milling aportó una figura imponente y se mostró cansado de estar dominado por su padre Alberich: se apreciaban paralelismos entre Siegfried y Mime. También se adivinaban trazas de incesto entre Gutrune y Gunther, y tambien con Hagen, quien veía limitadas sus actividades: eran los mismos gibichungos quienes le impedían que quitase el anillo de la mano de Siegfried. Más tarde, los mismos gibichungos se hacían cargo del funeral de Siegfried, como si fuese un héroe del pueblo. Johannes Martin Kränzle cantó un Alberich que se quedó sin el pan y sin la torta.
Decir que la lectura de Antonio Pappano fue relativamente lenta sería concentrarse en un solo aspecto y no hacerle justicia: este Anillo encontró en el director británico un intérprete concienzudo, metódico, que cuidaba el equilibrio orquestal y el fraseo de cada sección, que entrelazaba los Leitmotive dejando escuchar cada uno. La orquesta interpretó con Pappano una canción muy dramática y muy desde adentro; y con un Anillo visualmente tan atractivo se produjo algo que rara vez ocurre: resultó ser un espectáculo perfecto.  * Eduardo BENARROCH