Opéra de Lille
Händel RODELINDA
Jeanine De Brique , Tim Mead, Benjamin Hulett, Avery Amereau, Jakub Jósef Orliński, Andrea Mastroni, Animata Diouaré. Dirección: Emmanuelle Haïm. Dirección de escena: Jean Bellorini. 4 de octubre de 2018.
 
Jeanine De Bique protagonizó Rodelinda en Lille © Opéra de Lille / Simon Gosselin 
 
Como era de esperar se centró la velada en el trabajo de Emmanuelle Haïm. En el foso por supuesto, pero también en el escenario. Le Concert d’Astrée se lució una vez más por cualidades bien suyas –la lista sería larga–, que se podrían resumir en dos principales: el valor intrínseco de cada maestro y su confianza puesta en la directora de la orquesta y renovada en cada producción, cada noche. Lo demás vino por añadidura. Por lo mismo se dirá que los cantantes brillaron también por sus calidades propias y por la confianza depositada en Haïm. Son la ciencia y el magnetismo de esta directora mágicos sin ser sobrenaturales y crean en los cantantes la confianza en ella, a cada ocasión, puesto que los actores son rara vez los mismos en producciones distintas. El resultado de la velada, inmejorable: era de esperar.
En este contexto los artistas se limitaron a cantar bien. “Se limitaron” es un decir, por supuesto. Jeanine De Bique (Rodelinda) ofreció una gran presencia, voz bien timbrada, con variedad de colores, potencia bien controlada, expresiva; es una buena intérprete –sabía lo que decía– que emitió con algún metal en el registro agudo. Ello endureció la expresión y pues subrayó la fortaleza del personaje, capaz de afrontar una y otra vez situaciones de una gran violencia, y aun de provocarlas. El diálogo con su esposo reencontrado –“Io t’abbraccio”–, con un fondo musical ostinato de gran intensidad, produjo un momento de emoción y de belleza formal. El contratenor Tim Mead (Bertarido) resultó ser la mejor voz de la noche. De timbre noble y estable, se expresó con gran claridad e igual regularidad. No le arredraron los momentos de lucimiento y dio del complejo personaje un testimonio convincente, casi verosímil.
De timbre menos agradable tal vez, pero igualmente estable a lo largo de la tesitura, Benjamin Hulett fue su contrincante político y amoroso (Grimoaldo), muy tenaz, lúcido solo al extremo final del cuento. Avery Amereau (Eduige, la hermana de Bertadino) añadió a su estupendo trabajo vocal dinamismo en un contexto dramático en el que imperaba la estabilidad. En el registro grave, el italiano Andrea Mastroni (Garibaldo) recorrió su partitura sin ningún problema y aun con algo de sobredosis de volumen. Jakub Jósef Orliński (Unolfo) añadió a sus dotes de cantante y actor piruetas propias de un circense, que el público apreció. También aplaudieron los espectadores el trabajo de la pequeña Animata Diouaré, muy expresiva en Flavio, el hijo de Rodelinda y de Bertarido, papel mudo del que supo el director de escena sacar mucho partido.
No debió ser fácil para Jean Bellorini poner en escena esta obra, en la que, si bien suceden tantas cosas, su relación al público está hecha de una forma muy estática: las canciones se iban sucediendo hilvanadas por el hilo de los recitativos. El director de escena, venido del mundo del teatro, utilizó con gran tino y sentido teatral la visión del hijo de Roselinda para dinamizar la historia. De esta forma pudo transformar en muñecos los personajes cuando la mirada del niño escudriñaba su alrededor, los ánimos de cada personaje y las relaciones –tumultuosas en general– entre ellos. Fue esta una astucia muy válida para dar a entender la importancia del punto de vista del observador –niño en este caso– en toda relación de una situación humana.  * Jaume ESTAPÀ