Rossini Opera Festival
Rossini ADINA
Lisette Oropesa, Vito Priante, Levy Sekgapane, Matteo Macchioni, Davide Giangregorio. Dirección: Diego Matheuz. Dirección de escena: Rosetta Cucchi. Teatro Rossini, 15 de agosto de 2018.
 
Lisette Oropesa y Vito Priante, Adina y el Califa en la Adina montada en Pésaro © Rossini Opera Festival / Amati Bacciardi 
 
Con Adina, ópera compuesta en 1818, Rossini firmaba su despedida de la ópera bufa. Como ocurre en sus primeras óperas cómicas, es esta una farsa que se aproxima al género semiserio hasta el punto de dar la impresión de que va a terminar mal, antes de que un imprevisto contraste escénico la lleve a un final feliz. La regista Rosetta Cucchi escogió sin embargo la opción de la vertiente cómica con una serie ininterrumpida de gags que no dejaron de hacer mella en el público. El telón se levantó sobre un enorme pastel de bodas, cuyas dimensiones permitirían albergar a todo el serrallo del Califa, que ocupa la planta baja, mientras su hermosa esclava Adina está alojada en el primer piso. Esta tarta-palacio ocupaba prácticamente todo el escenario y en la parte que quedaba libre se amontonaba un ejército de mimos y figurantes en continuo movimiento –jardineros, guardianes armados con fusiles de plástico, cocineros– de los que no hay referencia alguna en el libreto y cuya necesidad no acabó de verse clara. Todo ello al final pareció superfluo y no añadía nada a la obra, a la que en realidad a la larga perjudicaba. En todo caso, esta puesta en escena –con el vestuario colorista y animado de Claudia Pernigotti y el fantasioso decorado de Tiziano Santi– conseguía mantener viva la atención del público y eso no dejó de contribuir al hecho de que este rescate de Adina obtuviera un éxito lisonjero.
Los cantantes sirvieron a la causa de Rossini del mejor de los modos. Lisette Oropesa, deliciosa y elegante tanto en la vertiente escénica como en la vocal, experimentó en la cabaletta “Fragolette fortunate” –la página relativamente más conocida de la ópera– un cierto endurecimiento de la voz al descender al registro central, más apropiado para una mezzo que para una soprano como ella, pero sus cualidades no tardaron en sobreponerse tanto en los pasajes más ligeros y acrobáticos –límpida la coloratura, homogéneo el timbre en todos los registros– como en los de contenido más dramático. Vito Priante, que encarnaba al Califa, afrontó con perfecto aplomo toma la gama estilística requerida por el papel, que alterna el tono cómico con el serio. El tenor sudafricano Levy Segkapane (Selimo) superó con una discreta seguridad las dificultades y los sobreagudos casi imposibles de su rol, haciéndose perdonar por ello el timbre algo nasal y la deficiente pronunciación italiana. Muy bien en los papeles menores dos jóvenes artistas procedentes de la Academia Rossiniana de Pésaro como el tenor Matteo Macchioni (Alí, con un aria bastante comprometida) y el barítono Davide Giangregorio (Mustafà). No pareció demostrar una particular predisposición para el estilo rossiniano el director venezolano Diego Matheuz, que dirigió de manera correcta pero sin llegar a encontrar el adecuado equilibrio entre las distintas sonoridades, ora violentas ora secas y planas.  * Mauro MARIANI