Festival Castell de Peralada
Mozart LA FLAUTA MÁGICA
Olga Kulchynska, Anaïs Constans, Liparit Avetisyan, Adrian Eröd, Andreas Bauer, Kathryn Lewek, Mercedes Gancedo, Anna Alàs, Francisco Vas, Júlia Farrés. Dirección: Josep Pons. Dirección de escena: Oriol Broggi. Auditorio Parc del Castell, 6 de agosto de 2018.
 
Oriol Broggi debutó como regista operístico con esta Flauta mágica © Festival Castell de Peralada / Toti Ferrer 
 
El Festival Castell de Peralada propuso por tercera vez en sus tres décadas de trayectoria una de las obras maestras de Mozart, La flauta mágica, sin duda una de sus óperas más populares. El encargo al director teatral Oriol Broggi, en su debut operístico, al final no cuajó, ya que la propuesta resultante estaba llena de flecos por resolver. En ópera poner a un actor (Lluís Soler) explicando lo que va sucediendo, cuando se cuenta con subtítulos, es una redundancia inútil, y eso fue lo que sucedió en este montaje. La sencillez que Broggi planteó con su escenografía –de una pobreza evidente, con un vestuario bien confeccionado (figurines de Berta Riera) pero que estéticamente recordaba una función de final de curso– solo se salvó gracias a las proyecciones que intentaban ocupar el vacío que se apreció en la propuesta, llenas de citas a montajes históricos, grabados de época y a lugares que se identifican con la obra. La dirección de actores no obedecía a ningún patrón, resultando errática y a merced de la calidad dramática de cada intérprete.
En todo caso, no se trató de un fracaso, ya que el montaje al final no molestó en absoluto y al evitar estridencias no escandalizó. Por miedo a aburrir, eso sí, además del fallido añadido del actor-narrador, se eliminaron muchos recitativos y optó por transformar a los tres genios en seis niñas que cantaban al unísono.
Peralada contó con un reparto joven y de calidad, comenzando por la fantástica Reina de la Noche de Kathryn Lewek, poseedora de sobreagudos potentes y expresivos; ayudó a su impacto escénico su avanzado embarazo. El tenor Liparit Avetisyan aportó un Tamino correcto y, sobre todo, muy expresivo, con acertados acentos latinos. Simpático y efectivo resultó el Papageno de Adrian Eröd, aunque con una voz algo gris y sin mucho brillo, junto a una entregada Júlia Farrés como Papagena. La Pamina de Olga Kulchynska, de voz de atractivo registro, no acabó de encontrarse cómoda en la zona aguda, aunque predominó la belleza de su timbre. Andreas Bauer fue un Sarastro de voz muy adecuada para el papel y muy bien estuvieron las Tres Damas de Anaïs Constans, Mercedes Gancedo y Anna Alàs, sin olvidar al ya consagrado Monostatos de Francisco Vas, siempre un valor seguro.
Una gran actuación ofreció tanto el Coro del Liceu como la Simfònica del Gran Teatre, conjuntos que conocen la ópera íntimamente, capitaneados por otro experto en este título como es Josep Pons; por lo mismo sorprendió que la tensión del espectáculo cayera periódicamente en bajones que desconcentraban. Quizás influyó en ello la intención del director de escena de explicar con detalle una trama que ya se explica sola gracias a la partitura magistral de Mozart. * Pablo MELÉNDEZ-HADDAD