Bayreuther Festspiele
Wagner  LOHENGRIN
Piotr Beczala, Anja Harteros, Waltraud Meier, Tomasz Konieczny, Georg Zeppenfeld, Egils Silins. Dirección: Christian Thielemann. Dirección de escena: Yuval Sharon. Festspielhaus, 9 de agosto de 2018.
 
Piotr Beczala, triunfador en el Lohengrin de Bayreuth © Festival de Bayreuth / Enrico Nawrath 
 
El anuncio de la cancelación del impulsivo y poco responsable Roberto Alagna como protagonista del nuevo Lohengrin de Bayreuth en el que debería haber sido su debut wagneriano (¡y en Bayreuth!) sorprendió a unos e irritó a otros, pero sobre el papel parecía que se saldría ganando con la prestación y sustitución casi a última hora de Piotr Beczala. Y así fue, porque el tenor polaco asumió la parte con un lirismo limpio y puro, de fraseo inmaculado y lejos de una concepción Helden del caballero del cisne. Buen gusto y dicción perfecta fueron las otras grandes bazas que exhibió Beczala en la piel del rol titular. A su lado, Anja Harteros sentenció una Elsa que fue de menos a más. Si pareció algo contenida en “Einsam in trüben Tagen”, se soltó la melena en la gran escena con Ortrud del segundo acto y desplegó arrebato, fogosidad y pasión en el tercero, en un estado vocal sencillamente de ensueño.
Asumía el rol de la maléfica Ortrud una Waltraud Meier que poco a poco se va despidiendo de los escenarios; en este caso, suponía un retorno de la mezzo alemana a la sagrada colina, pero para decir adiós a uno de los escenarios que más contribuyeron a su encumbramiento. Ni que decir tiene que la Ortrud de Frau Meier es de grandes quilates. Y si la voz presenta un evidente desgaste –bien disimulado– en la zona aguda, la expresividad y la garra teatral permanecen incólumes: las ovaciones que recibió al final de la función (la última, la del 9 de agosto) parecían no tener fin.
Algo estentóreo, pero excelente en proyección y emisión, el barítono polaco Tomasz Konieczny, quien debutó felizmente en Bayreuth bajo la piel de Telramund. Mayúsculo –por rotundo y muy musical- el Rey de Georg Zeppenfeld y más que cumplidor el Heraldo de Egils Silins.
En el foso invisible del Festspielhaus, Christian Thielemann regaló un Lohengrin de tempi pasmosos, de sonoridades dulces aunque nada empalagosas, muy atento a los recovecos instrumentales de la partitura más romántica de cuantas gestó Richard Wagner. La excelente respuesta de la formación orquestal, junto al soberbio papel del coro dirigido por Eberhard Friedrich, contribuyeron a la fiesta musical.
No lo fue en el plano escénico, con una dirección de Yuval Sharon que dejaba muchos cabos por atar en el marco de la escenografía y el vestuario –correctos– debidos a Nero Rauch y Rosa Loy que partían de la idea de un cuento de hadas, con colores predominantes como el azul. Sharon, que se incorporo tarde al proyecto, apostó en cambio por una lectura más bien feminista, con un Lohengrin maltratando a Elsa en el tercer acto, pero con otros elementos poco claros en el terreno de una dramaturgia más bien errática y que, sin produir vergüenza ajena, aportó poco (o nada) a un título tan popular como Lohengrin* Jaume RADIGALES