Festival de Salzburgo
Rossini L’ITALIANA IN ALGERI
Cecilia Bartoli, Ildar Abdrazakov, Edgardo Rocha, Alessandro Corbelli. Dirección: Jean-Christophe Spinosi. Dirección de escena: Moshe Leiser y Patrice Caurier. Haus für Mozart, 14 de agosto de 2018.
 
Cecilia Bartoli e Ildar Abdrazakov, protagonistas de L’italiana in Algeri © Festival de Salzburgo / Ruth Walz 
Siguiendo la tradición de los últimos años, el Festival de Salzburgo de verano repuso la producción escénica del precedente Festival de Pentecostés de la misma ciudad, el certamen que Cecilia Bartoli dirigirá hasta 2021. Rossini, a través de L’italiana in Algeri, era la elección inevitable en este año del 150º aniversario de la muerte del Cisne de Pésaro, el compositor con quien la mezzosoprano italiana saltó a la fama. Isabella era un papel que faltaba en el currículum de Bartoli, quien, después de diversas incursiones sopranísticas, abordaba una tesitura más cercana a la de contralto. Cierto es que en algunos pasajes la escritura resultaba para ella una pizca grave, pero la intérprete introdujo a la mínima variaciones hacia la parte aguda de la voz. Lo más relevante, sin embargo, fue que el carácter enérgico y decidido del personaje le iba como anillo al dedo. Su virtuosismo vocal, la intensidad de un fraseo capaz de mil y una gradaciones y la nitidez de la dicción fueron otras de las armas en una interpretación efervescente.
Ildar Abdrazakov no tuvo reparos en aparecer, al principio y final de la obra, en calzoncillos y camiseta imperio, luciendo una enorme barriga postiza. Fue el suyo un Mustafà antiglamuroso e histriónico, de voz amplia, sonora, y agilidades suficientes. Alessandro Corbelli sigue siendo como Taddeo un modelo de estilo buffo, mientras que con voz ligera de timbre agradable y precisas agilidades Edgardo Rocha fue un meloso Lindoro. Buenas intervenciones de José Coca Loza (Haly), Rebeca Olvera (Elvira) y Rosa Bove (Zulma).
Desde el foso de la Haus für Mozart, el Ensemble Matheus ofreció un sonido anémico, sin relieve ni brillantez, a las órdenes de un Jean-Christophe Spinosi que brindó una versión errática, de tiempos precipitados alternados con morosidades sin tensión. La producción de Moshe Leiser y Patrice Caurier juega sin ambages con la comicidad más directa y desaforada, explotando los tópicos de un Alger contemporáneo –antes de Rossini suena la llamada del muecín–, de un colorido hortera al servicio de una cascada de gags que regocijó al público festivalero. La sutileza se la guardaron para otra ocasión.  * Xavier CESTER