Ópera Nacional de Chile
Berg LULU
Lauren Snouffer, Michaela Selinger, Benjamin Bruns, Stefan Heidemann, Jens Larsen. Dirección: Pedro Pablo Prudencio. Dirección de escena: Mariame Clément. Teatro Municipal,
22 de agosto de 2018.
 
 
Tanto Alban Berg como el dramaturgo Frank Wedekind –en cuyas obras El espíritu de la Tierra (1895) y La caja de Pandora (1902) se basa Lulu– observan al ser humano como un animal poco domesticado; de ahí que los personajes sean presentados por un domador de fieras. Para ambos creadores era el instinto lo que determinaba la actividad humana y, fundamentalmente, el comportamiento masculino: se veía a la mujer como un objeto de satisfacción sexual. Ese es el sentido de la opción de usar en esta producción que estrena en Chile la ópera de Berg el cuadro El origen del mundo (1866) de Courbet, calificado en algún momento de pornográfico y que desde 1995 se encuentra en el Museo de Orsay. Se especuló aquí sobre el tamaño que esta pieza pictórica tendría en el montaje de Mariame Clément: no fue del porte del escenario, como se rumoreaba, sino un cuadro pequeño que representaba el retrato de la protagonista del que se habla en el libreto. Encarna, en resumidas cuentas, aquello que los hombres verían en Lulu. Está bien utilizado y, al menos en público, nadie en el teatro se escandalizó.
En esta ópera, el trabajo de actores debe ser intenso y calculado al milímetro, pues la dramaturgia es fragmentada y confusa. Es claro que aquí sí hubo un dibujo escénico detallado, pero los cantantes principales —con la sola excepción de los intérpretes de Alwa (Benjamin Bruns) y Schigolch (Jens Larsen)—, que no tenían el suficiente dominio para sus roles. Primó una carencia de vigor y profundidad que no pocas veces volvió monótona y plana su entrega.
Pertinente la escenografía de Julia Jansen –responsable también del excelente vestuario–, que se sumó a la opción de Clément presentando la acción como teatro dentro del teatro, con un gran fondo que reproducía el propio Municipal y que ubicaba el desarrollo de la trama en una suerte de sala de variedades / cabaret. Es ahí donde actuaban los animales —la humanidad descrita— proyectando sus características a la sociedad burguesa. Solo para la escena final, con la muerte de Lulu, el espacio se abría, quedando los actores en una zona despojada que graficaba muy bien el vacío existencial.
En lo musical, esta Lulu, con la dirección orquestal de Pedro Pablo Prudencio, resultó convincente, si bien la riqueza de sfumature que la partitura incorpora es todavía una tarea pendiente, lo mismo que el vuelo lírico con el que Berg quiso contrastar su experimento dodecafónico. El conjunto estuvo bien preparado para afrentar la complejidad orquestal y dio cuenta de la amargura y del desvarío alucinado de la música a través de una entrega segura en la que destacó el trabajo de la percusión, lo mismo que las novedades que aportan los vientos. Bien lograda la asociación del vibráfono al personaje de Lulu, como también los clusters de piano al del Atleta. Curioso, pero Berg, en su partitura, identifica arias, cavatinas, dúos o sextetos como si estuviera haciendo una ópera con números propios de una obra del siglo XIX. Un momento particularmente bien resuelto fue el interludio orquestal llamado Música de cine, que se ubica entre las dos escenas del segundo acto y que tradicionalmente ha servido para acompañar la proyección de un film mudo que presagia el sino de la protagonista, ausente en esta propuesta.
La soprano Lauren Snouffer tiene una voz ligera y los sobreagudos requeridos por este imposible personaje protagonista; lució espléndida, pero su Lulu fue superficial, sin la intensidad ni la progresión trágica necesarias. Benjamin Bruns (Alwa) no es un tenor heroico, pero canta bien y supo comunicar mejor su parte, lo mismo que el bajo Jens Larsen, muy aplaudido como Schigolch. El barítono Stefan Heidemann fue un correcto Dr. Schön y también Jack El Destripador, cumpliendo sin más. Michaella Selinger no es en absoluto la mezzosoprano dramática que necesita la Condesa Geschwitz, aunque logró conmover en el minuto final.  * Juan Antonio MUÑOZ