Opéra National de Paris
Meyerbeer LES HUGUENOTS
Lisette Oropesa, Yosep Kang, Ermonela Jaho, Nicolas Testé, Karine Deshayes, Florian Sempey, Paul Gay. Dirección: Michele Mariotti. Dirección de escena: Andreas Kriegenburg. Opéra Bastille, 28 de septiembre de 2018.
 
Lisette Oropesa, Ermonela Jaho y Yosep Kang, protagonistas de Les huguenots en París © Opéra National de Paris / Agathe Poupeney 
 
Una dificultad mayor para poder juzgar con discernimiento una producción de Giacomo Meyerbeer es la paupérrima presencia de sus obras en las programaciones. La Opéra National de Paris presentó Robert le Diable en 1985 y, desde entonces, nada más hasta hoy. En la sala Bastille reinaba un ambiente de inauguración de temporada: besamanos por doquier y gentes con alguna notabilidad, puestos de pie hasta que no se hubo apagado la última luz de la sala, para no pasar desapercibidos. Es cierto que las casi cuatro horas de música y espectáculo demandados por la obra incitaban a retardar el momento de sentarse.
Fue sin duda José Luis Basso quien mejor comprendió que se le daba una excelente ocasión para iniciar la temporada bajo los mejores auspicios; cada intervención del coro estuvo en su lugar, con el volumen justo. El coro masculino en particular cantó con intensidades impresionantes en los momentos que convenían; el femenino dio lecciones de sensibilidad a cada intervención.
Paradójicamente, no se encontró a Meyerbeer en el trabajo de los principales papeles, sino en roles más modestos, tal vez menos bien ejecutados –Karine Deshayes mantuvo un nivel excelente durante toda la representación–, pero que parecieron responder mejor a las exigencias del compositor. Cítense como momentos álgidos de la noche, desde este punto de vista, el de la bendición de los puñales a cargo de Paul Gay (Saint-Bris); la primera intervención de Deshayes (Urbain), “Nobles Seigneurs, Salut!”; el personaje de Marcel interpretado por Nicolas Testé, y también la encarnación de Nevers por Florian Sempey.
Yosep Kang se hizo cargo en el último momento del personaje de Raoul, previsto para Bryan Hymel. El joven coreano puso toda la carne en el asador y se salió con bien de su tentativa. Fue generoso y no le atemorizaron en ningún momento ni la longitud del papel ni la intensidad demandada. Lisette Oropesa encarnó a Marguerite de Valois –la célebre Reine Margot– e hizo gala de una educación vocal de primer rango: mostró hasta qué punto era capaz de ejecutar las más enrevesadas piruetas vocales con una gran tranquilidad y envolvió su diálogo con Raoul en un aire de ligereza que dio algún respiro a la velada. Por desgracia olvidó la mayoría de las consonantes del texto, indispensables en este caso, no solo para ella sino para todos los artistas. Lo mismo, o casi, se dirá de la otra voz femenina de la noche, Ermonela Jaho (Valentine): la soprano albanesa pudo dar a su personaje una dimensión dramática de mayor intensidad y estuvo vocalmente a la altura de su compañera, pero llevada también por la innegable importancia de las notas, olvidó de dar razón del contenido de su texto.
Tampoco Michele Mariotti dio razón de la música de Meyerbeer desde el foso. El chef arrastró la orquesta, grandilocuente, ampulosa, por derroteros que no parecían los fijados por el compositor. Cayó sin duda en la tentación de utilizar hasta la última posibilidad, el instrumento, enorme y generoso que tenía esta noche en sus manos.
No era fácil la labor de Andreas Kriegenburg. Propuso una escenografía (Harald B. Thor) de líneas rectas, urbana, abierta y cerrada a la vez, sutil, intemporal, indiferenciada, y pidió a sus artistas actitudes totalmente llanas, sin relieve y de poca dimensión. Dio a la historia un crescendo mediante la ya citada escena del diálogo entre Marguerite y Raoul, pero no se sabe si fue él quien lo pidió o si fue Oropesa quien lo ejecutó de su propia iniciativa.  * Jaume ESTAPÀ