Opéra National de Paris
Michael Jarrell BÉRÉNICE
Estreno Absoluto
Bo Skovus, Barbara Hannigan, Ivan Ludlow, Alastair Miles, Julien Behr, Rina Schenfeld. Dirección: Philippe Jordan. Dirección de escena: Claus Guth. Palais Garnier, 29 de septiembre de 2018.
 
Bo Skovhus y Barbara Hannigan, protagonistas de Bérénice en París © Opéra National de Paris / Monika Rittershaus
 
Tras haber destruido el Templo de Jerusalén y de haber mandado a la población autóctona a la diáspora, el ya emperador Titus –Vespasiano, su padre, acaba de fallecer– se enamora perdidamente de Bérénice, una princesa judía. Y ella también está enamorada de él. Un tercer personaje, Antiochus, antiguo pretendiente de Bérénice y fiel amigo de Titus, algo viene a enredar la madeja entre los enamorados, sin ninguna consecuencia para la historia. El joven emperador sabe que el pueblo romano no aceptará en ningún caso una boda tan desigual y propicia a controversia, por lo que deja que su amada vuelva a su tierra de origen. Eso es aproximadamente todo. Es muy poca cosa para satisfacer la atención de una sala de ópera durante 90 minutos, aunque también es cierto que la misma historia, vestida con los inigualables alejandrinos de Jean de Racine, ha ido manteniendo en vilo a un buen nombre de generaciones de espectadores.
Michael Jarrell, decidido a hacer suya la trama, vistió su propio libreto con su música, obra que la ONP estrenó a finales septiembre. No fue bastante. Es la suya una partitura que daba la sustancia de los sentimientos tiernos o violentos, expresados o reprimidos también de los protagonistas. Imaginó el compositor variedad de ritmos y sonoridades para traducir, a su manera, los estados de ánimo del emperador, de la amada y del amigo. Sin duda fue la suya una música inspirada, inteligente y hasta oportuna para con cada situación dramática. No se culpe del naufragio al compositor; sus esfuerzos fueron vanos porque el tema de base –la soledad final de los tres protagonistas–, disminuido de las palabras del dramaturgo, era demasiado estrecho. Jean de Racine se las había apañado con la sola música de las palabras. De este pecado original derivan consideraciones sobre los artistas que participaron en la creación de la obra.
Bo Skovus (Titus), estupendo, parecía sin embargo estar buscando el rol del rey Lear, visto en la misma sala Garnier en 2016 (ÓPERA ACTUAL 193), cuando mostró de lo que era capaz como actor y como cantante. Su estatura, su poder físico y su fuerza dramática no encontraron aquí eco en el personaje, de carácter blandengue y con muy pocas tragedias que soportar. Para ensuciarlo un poco, a la manera de Bruce Willis y sus célebres camisetas, Claus Guth, en una puesta en escena sin relieve, lo tendió en un lecho de carbonilla que no venía a cuento. Barbara Hannigan, muy acertada en el papel de Bérénice, declamó los textos sílaba a sílaba –al ritmo que le dictaba la música– sin que sus decires resalieran, ni que su personaje produjese alguna reacción –de lástima– en el público. A Ivan Ludlow le tocó el papel de Antiochus, el amigo del emperador que algo permitía sazonar el cuento. Para respetar la simetría de la historia –los clásicos franceses, ya fueran poetas, dramaturgos, músicos o arquitectos, pensaron siempre en esta forma artística–, tres confidentes asisten a los personajes principales. Fueron estos Paulin (Alastair Miles), Arsace (Julien Behr) y Phénice (Rina Schenfeld), un papel hablado.
Gracias a la partitura de Michael Jarrell, Philippe Jordan consolidó su lugar en la música del siglo XXI. Lo hizo con arte y ciencia.  * Jaume ESTAPÀ