Festival del Tirol
Rossini ERMIONE
Maria Radoeva, Svetlana Kotina, Ferdinand von Bothmer, Iurie Ciobanu, Hui Jun. Dirección: Gustav Kuhn. Dirección de escena: Furore di Montegral. Festspielhaus, 13 de julio de 2018.
 
Ferdinand von Bothmer en el rol de Pirro y Maria Radoeva, en el de Ermione © Festival del Tirol / Xiomara Bender 
Los años napolitanos de Rossini vieron la creación de una retahíla de obras espléndidas en las que el compositor italiano experimentó a placer con las formas tradicionales. Uno de los títulos más notables, pese a que hoy en día sigue sin ser tan programado como merecería, es Ermione, partitura que Gustav Kuhn conoce bien, ya que dirigió en 1987 una famosa producción en el Festival de Pésaro con Montserrat Caballé, Marilyn Horne, Chris Merritt y Rockwell Blake. El Festival del Tirol que Kuhn dirige desde su creación hace 20 años no aspira a estos fastos vocales, pero no es poco mérito reunir un equipo solvente capaz de abordar papeles de notorias dificultades vocales y dramáticas.
Maria Radoeva fue una Ermione temperamental, de agilidades seguras y fraseo incisivo que solo en las fases más agitadas de su delirio en el segundo acto perdió un poco el control de su canto. Sin ser el baritenor que el papel de Pirro pide, Ferdinand von Bothmer negoció sin forzar la parte más grave de la tesitura y ascendió con prudencia a las alturas, en una prestación que fue a más a lo largo de la función. El impacto del Oreste de Iurie Ciobanu fue superior gracias a una mayor insolencia en el canto de agilidad y en el sobreagudo, bien complementado por el Pilade de Hui Jin. Svetlana Kotina fue una hiriente Andromaca mientras Giovanni Battista Parodi cumplió sin problemas como Fenicio.
Con una orquesta del festival más inspirada que el coro, Gustav Kuhn presidió una versión juiciosa, recreándose en los detalles instrumentales de la partitura rossiniana –magníficas maderas– y optando por tiempos en general moderados. Esta opción restó urgencia al desarrollo de un primer acto al que le costó tomar impulso –los pasajes de recitativo decaían en exceso–, circunstancia que mejoró en un segundo acto más compacto, hasta la incendiaria conclusión. Lástima que como director de escena Kuhn no esté en la misma liga que como director de orquesta. Es de suponer que el músico austríaco está detrás del colectivo Furore di Montegral que firma la regia, una propuesta de vestuario chillón (Karin Waltenberger) y austeros elementos escénicos (Peter Hans Felzmann) que, pese a ello, causaron largos cambios de decorado. La acción fue expuesta sin excesiva inventiva y risibles movimientos del coro, a los cuales cabe añadir un detalle desconcertante: todos los personajes llevaban un bolso con un muñeco dentro. Lo que al principio parecía una encarnación simbólica del hijo de Andromaca se convirtió en un elemento recurrente que causó risas soterradas entre el público. Si la intención era subrayar que los protagonistas se comportan como niños, el resultado fue un fracaso.  * Xavier CESTER