Ópera Nacional de Chile
Puccini TOSCA
Melody Moore / Lilit Soghomonyan, Leonardo Caimi / Artem Golubev, Elchin Azizov / Alexander Krasnov, Dirección: Konstantin Chudovsky / Pedro-Pablo Prudencio. Dirección de escena: Willy Decker. Teatro Municipal, 17 y 18 de julio de 2018.
 
Melody Moore protagonizó el primer reparto de Tosca de la Ópera Nacional de Chile © Edison Araya 
 
Esta producción escénica de Tosca de Willy Decker puede gustar o no, pero por algo ha servido a la Ópera de Stuttgart desde hace 20 años. El trabajo del régisseur alemán es serio e interesante, y la ultra austera escenografía de Wolfgang Gussmann resulta sugerente y ayuda a la inmersión en el drama, con el respaldo de la iluminación de Ricardo Castro, notable en la consecución de atmósferas. Por supuesto, hay algunas cosas raras o inexplicables, como que el pastor del último acto vaya vestido de angelito o que el cuadro de María Magdalena sea trasladado al centro de operaciones de Scarpia en el Palacio Farnese. Cosas del teatro… Por cierto, el público se manifestó disconforme con esta Tosca que no hacía referencia a los lugares romanos en los que se sitúa la acción, una propuesta recurrente en ópera desde hace décadas.
Konstantin Chudovsky no es un director para este título y a la vez sí lo es. Parece no conocer el melos pucciniano ni cuidó el drama, con lo cual todo sonaba un tanto desarticulado, pero sí logró exhibir la complejidad del tejido orquestal, que suele quedar en la trastienda, lo mismo que las audacias tímbricas y las innovaciones instrumentales puccinianas. Avanzó como una tormenta por la partitura, lo que a la vez sorprendía y abrumaba, pero olvidó la fluidez lírica y no daba tregua a las voces. Su trabajo fue un aporte en términos de exhibición sonora, pero en el camino se dejó atrás el canto y el sentido de la palabra. Combinar ambas cosas es lo que logra conseguir un verdadero director pucciniano.
La soprano Melody Moore, de cierta facilidad vocal, resolvió mejor el segundo acto que el primero y el tercero, aunque abusó un tanto del canto parlato. Fiera, nadie puede dudar de que quería matar a Scarpia: lo apuñaló por lo menos unas siete veces. También fue temeraria, porque se lanzó al vacío de espaldas. El tenor Leonardo Caimi fue un Cavaradossi de convincente juego teatral, pero con dificultades de emisión y con agudos estrechos o inexistentes, lo cual es un atentado al rol. Como Scarpia, el barítono Elchin Azizov subrayó la brutalidad por sobre la ironía y fina maldad de su personaje; si bien tiene una voz grande, debió luchar contra la orquesta y el excelente y poderoso coro durante el Te Deum.
El segundo reparto –sin chilenos en los papeles principales– resultó ser un absoluto desastre. La soprano Lilit Soghomonyan tiene una voz de poca proyección e interpretó una Tosca aproximativa en lo dramático y en lo vocal; su “Vissi d’arte” fue casi escolar. El tenor Artem Golubev obtiene los agudos a través de una emisión incómoda y su canto conoce pocas sutilezas; como actor es mejor, sin embargo. Y el barítono Alexander Krasnov estuvo impresentable como Scarpia, cantando siempre fuera de posición de modo que la afinación era solo una promesa. Poco pudo hacer el maestro Pedro Pablo Prudencio, de tan buenos resultados en otras ocasiones, con este conjunto de cantantes, pero también la Filarmónica sonó desordenada. Una pena que las funciones del segundo reparto de la compañía, creadas hace tres décadas para dar oportunidad a los intérpretes chilenos, se hayan convertido en una alternativa de tan discutible calidad y, sobre todo, sin contar con los valores del país en los personajes protagonistas.  * Juan Antonio MUÑOZ