Teatro Real
Massenet THAÏS
Ermonela Jaho, Plácido Domingo, Michele Angelini, Jean Teitgen, Elena Copons, Lydia Vinyes-Curtis, Marifé Nogales, Sara Blanch, Cristian Díaz. Dirección: Patrick Fournillier. V. de concierto, 26 de julio de 2018.
 
Plácido Domingo y Ermonela Jaho, protagonistas la versión de concierto de Thaïs en Madrid © Teatro Real / Javier del Real
 
           
Plácido Domingo se ha empeñado en que el público aprecie Thaïs en lo que vale: inspiración melódica, sutileza de la paleta orquestal, grandes personajes, concentración dramática... Cuenta la historia de esta nueva María Magdalena en un registro que a Massenet se le daba muy bien, y muy apreciado también en aquel fin de siglo: la combinación de sensualidad y misticismo que a muchos hoy en día les parece de mal gusto, por no decir pecaminosa. Hay momentos fuertes, como la famosa “Méditation” en la que se luce el concertino –muy bien interpretada por Vesselin Demirev– o la primera romanza del barítono –con el gran grito “Alexandrie”–, pero la clave es el continuo orquestal, más impresionista que wagneriano, que una Orquesta Titular inspiradísima, bajo la experta dirección de Patrick Fournillier, supo exponer con toda su variedad, desde los planos continuamente renovados de las cuerdas a los colores infinitos de las maderas, el arpa y la percusión. Muy bien el coro –sin partitura–, con intervenciones breves pero importantes.
La soprano Ermonela Jaho dio vida a la protagonista con una teatralidad y una entrega excepcionales: voz muy hermosa, fina, bien proyectada, con facilidad asombrosa para subir al registro más agudo y filados casi como de otro mundo, lo que le viene muy bien al personaje del que apuró la sensualidad divinizada. Fabulosa su aria del espejo, en la que lució todo su virtuosismo y su capacidad expresiva. El auténtico protagonista es, sin embargo, Athanaël, el monje empeñado en convertir a Thaïs. Massenet supo crear un personaje atormentado, de gran entidad moral y psicológica, metido desde el primer momento en una crisis que no hace más que agravarse hasta el desenlace efectista y melodramático, como es debido. Plácido Domingo, que volvía de nuevo al registro baritonal, lo retrató con una intensidad casi apabullante, un instinto escénico infalible –todos los participantes se esforzaron en esto– y un esplendor, una expresividad y un energía vocales fuera de serie. No hay nadie como Domingo, que al final se agachó para besar el suelo del que es su escenario. Gran voz la de Jean Teitgen en su solemne y muy humano Palémon, y muy sugestivo, además de convincentemente epicúreo, el Nicias del tenor Michele Angelini. Marifé Nogales cantó una gran Albine y Elena Copons y Lidia Vinyes-Curtis recrearon con imaginación y absoluta solvencia vocal sus encantadores papeles. Estupenda Sara Blanch en una intervención arriesgadísima y correcto Cristian Díaz. El público, rendido, dejó claro su agradecimiento con una ovación de casi veinte minutos.  * José María MARCO