Bayerische Staatsoper
Verdi LES VÊPRES SICILIENNES
Rachel Willis-Sorensen, Bryan Hymel, George Petean, Erwin Schrott. Dirección: Omer Meir Wellber. Dirección de escena: Antú Romero Nunes. Teatro Nacional, 26 de julio de 2018.
 
El Festival de Múnich programó Les vêpres siciliennes en una producción de Antú Romero Nunes © Bayerische Staatsoper / Wilfried Hösl 
Antú Romero Nunes debutó hace cuatro años en la Bayerische Staatsoper con un decepcionante Guillaume Tell de Rossini. En su segunda producción para la compañía, el joven director ha vuelto a abordar una grand opéra compuesta para París por un italiano, en este caso Les vêpres siciliennes de Verdi, y los resultados han sido de nuevo poco convincentes. El regista plantea esta obra que culmina en una sangrienta masacre como una inmensa danza de la muerte, y para materializarla deja prácticamente vacío y en permanente penumbra el escenario. El único elemento recurrente del decorado de Matthias Koch es un enorme plástico negro de configuraciones variadas que puede evocar una bolsa de cadáveres. Si los franceses aparecen como soldados napoleónicos, los sicilianos van caracterizados con calaveras y maquillajes grotescos. Por el camino, la delineación de los personajes y de sus interrelaciones es abandonada a su suerte, porque Romero Nunes prefiere ofrecer algunas imágenes chocantes, como la figura femenina dentro de una urna llena de líquido en el dúo entre Henri y Montfort o el divertimento con música electrónica entre el cuarto y quinto actos que susstituyó de forma insulsa al ballet. Siendo Sicilia un lugar clave en la ruta de los migrantes en el Mediterráneo, la obra arranca y acaba con la figura de un refugiado con el chaleco salvavidas familiar de las imágenes de los rescates de la ONG Open Arms, un recurso tan bien intencionado como oportunista.
Omer Meir Wellber no compensó desde el foso las flaquezas de la producción, con una dirección en ocasiones brutal, más propensa al efecto grandilocuente que a la tensión dramática, y de escaso aliento lírico. A partir del cuarto acto su batuta ganó algunas dosis de flexibilidad, sin por ello poder enderezar un rumbo errático que solo obtuvo un rendimiento correcto de un coro y una orquesta capaces de mucho más.
El reparto maltrató de forma diversa el francés de Scribe y asumió con éxito variable las exigencias de Verdi. El protagonista más consistente, tanto por dicción como por elegancia del fraseo, fue George Petean, quien intentó evitar, con poca ayuda de la batuta y el montaje, dar una imagen monolíticamente malvada de Montfort. Rachel Willis-Sorensen no tiene la consistencia en los registros central y grave para hacer justicia a las partes más dramáticas de Hélène, pero su flexible voz de soprano negoció con habilidad los elementos postbelcantistas del papel. Bryan Hymel posee los recursos necesarios para abordar la tirante tesitura de Henri, comprometidos por un canto estentóreo, en exceso abierto, que le llevó al borde del accidente tanto en el aria del cuarto acto como en la mélodie del quinto. Con una caracterización a medio camino entre Piratas del Caribe y Juego de tronos, Erwin Schrott fue un desigual Procida, luciendo agudos a la mínima oportunidad para compensar un grave insuficiente y un fraseo desordenado.  * Xavier CESTER