Chorégies d’Orange
Boito MEFISTOFELE
Erwin Schrott, Jean-François Borras, Béatrice Uria-Monzon, Marie-Ange Todorovitch, Reinaldo Macias, Valentine Lemercier. Dirección: Nathalie Stutzmann. Dirección de escena: Jean-Louis Grinda. 5 de julio de 2018.
 
Jean-François Borras, Béatrice Uria-Monzon y Erwin Schrott, protagonistas de Mefistofele de Boito en el Théâtre Antique de Orange  © Chorégies d’Orange / Philippe Gromelle
 
La obra de Arrigo Boito resultó un medio excelente para poner de relieve la grandiosidad del lugar. Elegir Mefistofele, obra nada conocida por el público en general, fue el primer acierto de Jean-Louis Grinda, director de las Chorégies. El segundo fue su puesta en escena. Las dimensiones del teatro romano desaconsejaban toda orientación clásica para la presentación del espectáculo, por lo que el director optó por un tempo dramático lento –la música se lo permitió– y cinceló principalmente las apariciones del coro. La decisión parecía venir de la mano de la propia obra, pero se justificó, sobre todo, por quedar aquí el efecto muy por encima de lo que hubiese permitido una sala convencional: el teatro de Orange tiene una longitud de 103 metros. Quiso también Grinda utilizar toda la altura (37 metros) del colosal escenario. En algo falló esta noche la técnica: Faust y el diablo quedaron colgados a más de 10 metros, en una plataforma rectangular, inclinada peligrosamente, y oscilando en el vacío durante una eternidad de segundos. El percance pudo haber acabado muy mal para los dos artistas, pero finalizó bien: con gran aplomo y algo de chulería –tal la del matador rematando con el pase de pecho– fingió Erwin Scrott un humorístico desplante al final del incidente técnico. El público, tranquilizado, le brindó el mayor aplauso de la noche para premiar su sangre fría.
Dirigió la orquesta Nathalie Stutzmann con mano firme; acompañó a los coros con actitud solemne y enérgica; dio indicaciones a los solistas con movimientos precisos, pero dejándose llevar también por el lirismo del momento cuando lo había. El volumen, la intensidad y también la fuerza del sonido de la orquesta vencieron siempre –o casi– al célebre viento mistral que, si bien no sopló con gran violencia esta vez, manifestó por momentos estar dispuesto a hacerlo.
Fue el coro el primer protagonista musical de la noche. Los 150 cantantes provenían de la Opéra Grand Avignon (Aurore Marchand), de la Opéra de Monte-Carlo (Stefano Visconti), de la Opéra de Nice (Giulio Magnanini) y del coro infantil de la Académie de Musique Ranier III de Mónaco (Bruno Habert). Una infinidad de buenas voces, bien preparadas, para afrontar la enrevesada partitura, con ritmos, intensidades, y colores cantados en alternancia o simultáneamente, con ciencia, arte. El resultado fue sublime.
El marco físico del Théâtre Antique de Orange es más propicio para acentuar los defectos que para afinar las calidades de las voces de los solistas. A pesar de ello, pudo el público apreciar la robustez del instrumento de Erwin Schrott (Mefistofele), la amplitud de su registro y la elegancia de su emisión; no fue el barítono uruguayo avaro de potencia y de expresión. También Jean-François Borras (Faust) fue capaz de superar los inconvenientes meteorológicos y técnicos de la noche para dar una versión más romántica que post-romántica del viejo rejuvenecido. Por esta vez no se podrá decir lo mismo de Béatrice Uria-Monzon en el doble papel de Margherita y Elena: tuvo que apoyarse en las notas fuertes de cada frase para seguir a sus compañeros, dejándose en el tintero otras cuantas, borrando así toda traza de la melodía en sus intervenciones. El público aplaudió a Marie-Ange Todorovitch en el papel de la descocada Marta, a Reinaldo Macías (Wagner y Nereo) y a Valentine Lemercier en Pantalis.  * Jaume ESTAPÀ