Festival de Caracalla
Verdi LA TRAVIATA
Kristina Mkhitaryan, Alessandro Scotto di Luzio, Fabián Veloz. Dirección: Yves Abel. Dirección de escena: Lorenzo Mariani. 6 de julio de 2018.
 
Lorenzo Mariani firmó la puesta en escena de La Traviata en las Termas de Caracalla © Teatro dell’Opera 
La Traviata no es ópera para los grandes espacios, pero tanto la dirección musical de Yves Abel como esta propuesta escénica de Lorenzo Mariani obraron el milagro de valorar al máximo hasta el último detalle de esta obra maestra en un escenario tan amplio como el de las romanas Termas de Caracalla. El maestro franco-canadiense es ya un habitual en este enorme teatro al aire libre y –también gracias a una amplificación bien gestionada y en ningún caso invasora– demostró conocer perfectamente el secreto para dominar la acústica y el manejo de las dinámicas, así como la flexibilidad del fraseo, los colores y los detalles. Una dirección calculada al milímetro y casi camerística, pero viva y teatral. Su atención no iba dirigida solo a la orquesta, que respondió perfectamente a sus intenciones, sino también a los cantantes, muy bien apoyados y estimulados para dar una interpretación medida y nada efectista, que pudo en todo momento evitar el sentimentalismo barato a favor de una mayor sensibilidad en el desarrollo de las situaciones dramáticas.
La soprano rusa Kristina Mkhitaryan exhibió en el primer acto un timbre grato, fluidez en las agilidades y una dicción irreprensible; se hubiera podido clasificar a su voz como de lírico-ligera con posibles problemas en los actos siguientes, pero resolvió bien la intensidad de “Dite alla giovane” y los arrebatos pasionales del “Amami, Alfredo”. Su Violetta es completa, rica en matices expresivos y conmovedora, con un “Addio del passato” no melodramáticamente patético sino íntimamente sufrido. Alessandro Scotto di Luzio (Alfredo) cantó con gusto y sentido de la medida, y el timbre se mostró hermoso, pero la voz no siempre estuvo bien proyectada, afectada de un vibrato excesivo y los agudos, aunque afinados, son débiles. En el argentino Fabián Veloz conviven una vocalidad de la antigua escuela y una interpretación acorde con la sensibilidad moderna, que no hace de Germont père un villano de comportamiento vulgar sino un burgués educado, formalmente impecable pero tremendamente hipócrita, que presentaba una apariencia razonable como si fueran los demás los que obran mal.
De muy buen nivel los comprimarios, ya sean expertos veteranos como Roberto Accurso, Graziano Dellavalle o Domenico Colaianni o jóvenes del proyecto Fabbrica de la Ópera de Roma, como Iride Dragoti, Murat Can Güvem o Rafaela Albuquerque.
La dirección escénica, siguiendo la tendencia actual, actualiza la época de la acción, no ya al presente, sino a un reciente pasado, el de los años sesenta del siglo XX, los de la dolce vita romana que inmortalizaron las películas de Fellini. Algunas ideas parecieron un tanto gratuitas, pero en conjunto la propuesta funcionó. Eliminar crinolinas y terciopelos sirve para acercar los personajes al público actual como criaturas vivas que son sin limitarlas a una época determinada.  * Mauro MARIANI