Opéra National du Rhin
Chaikovsky EVGENI ONEGIN
Bogdan Baciu, Ekaterina Morozova, Marina Viotti, Liparit Avetisyan, Mikhail Kazakov, Doris Lamprecht, Margarita Nekrasova, Gilles Ragon, Dionysos Idis. Dirección: Marko Letonja. Dirección de escena: Frederic Wake-Walker. 24 de junio de 2018.
 
La propuesta escénica de Frederic Wake-Walker para Evgeni Onegin resultó controvertida en Estrasburgo © Opéra National du Rhin
 
La ópera es como un barco: poco importa la excelencia de la tripulación; sin alguien con las ideas claras al timón, el naufragio es irremediable. En el caso al que hacen referencia estas líneas, Frederic Wake-Walker intentó hacerse el listo con un monumento del repertorio operístico ruso, pero le salió el tiro por la culata. Con la inevitable manía de cambiar época y decorado, empeñándose en permanentes contrasentidos, sirvió en bandeja una producción incongruente y de muy dudoso gusto; por ejemplo, el jardín de la finca en el campo de los Larin lo convirtió en un hangar lleno de goteras, y el salón de baile, en una discoteca de lo más cutre. Detalle de regista: el duelo se llevó a cabo en una mesa de la discoteca en plan ruleta rusa, llevándose Lenski la bala fatídica. Pero lo peor llegó en el tercer acto, situado en lo que parecía una sala de recepciones del Partido Comunista de la URSS, cuya fealdad solo se vio superada por la de los vestidos que portaban los invitados. La ridícula coreografía, en la que participaron unos maniquíes de arcano significado, deslució la fantástica y archiconocida polonesa.
La nada inspirada batuta de Marko Letonja, director musical de la Filarmónica de Estrasburgo, no ayudó en absoluto, con una patente ausencia de emoción, parquedad de acentos y con alguna que otra descompensación entre foso y escena. Y cosa bastante rara en Estrasburgo, el coro de la casa decepcionó y mucho. Aunque visto lo visto, no es de extrañar que sus miembros no se sintieran particularmente motivados para dar lo mejor de sí mismos.
Llegado a este punto, solo los cantantes podían rescatar la función, y hasta cierto punto lo lograron. Bogdan Baciu fue un Onegin bien metido en el personaje, de voz plenamente baritonal pese a unos agudos a los que se les hubiera pedido un poco más de amplitud. Ekaterina Morozova fue una Tatiana adecuada por estilo y physique du rôle, aunque –algo corriente entre cantantes eslavas– con un canto avaro de matices. El emocionante Lenski de Liparit Avetisyan fue sin duda el triunfador de la noche por voz e intención dramática, mientras que al resto no se la pudo poner pegas, empezando por la estupenda Olga de Marina Viotti. En Filipievna, Margarita Nekrasova se mostró digna de la gran tradición rusa de voces graves femeninas, y Mikhail Kazakov hizo un príncipe Gremin sólido aunque algo fatigado.  * Francisco J. CABRERA