Teatro Real
Recital Angela GHEORGHIU - Teodor ILINCAI
Obras de Enescu, Cilea, Chaikovsky, Bizet, Puccini, Brahms, Giordano, Shostakovich, Catalani y Gregoriu. Dirección: Ciprian Teodorascu. 30 de junio de 2018.
 
Angela Gheorghiu volvió a Madrid para ofrecer un recital junto a Teodor Ilincai © Teatro Real / Javier del Real 
 
Un concierto de Angela Gheorgiu siempre despierta expectativas, en particular en un teatro en el que la gran soprano no aparecía desde un memorable Boccanegra con Plácido Domingo en 2010. Además, la intérprete rumana eligió para su retorno un programa que le iba como anillo al dedo, después de unos cuantos recitales –en grandes teatros de otras ciudades– con amplia presencia de arias barrocas. Aquí se ciñó casi exclusivamente al verismo, estilo que moviliza sin medias tintas emociones directas, casi primarias. Repertorio muy adecuado por tanto para una cantante que no ha renegado del estilo propio de las divas de otros tiempos, con cambios de vestuario –y de joyas–, gestos y visajes casi forzados a veces y un intento de comunicación directa con el público que este –no sin razón– agradece y aplaude. Un recital, por tanto, de los que se van a escuchar cada vez menos, por las exigencias moralistas propias de la postmodernidad.
La voz de Gheorghiu ha perdido el esmalte en algunos agudos, vibra un poco en alguna ocasión, se pierde a veces en el fragor de la orquesta –aunque la dirección le prestó la atención debida– y no alcanza con soltura todos los graves. A pesar de ello, sigue luciendo su aterciopelada voz de siempre, jugosa, bien colocada, con un centro intacto –utilizado con extraordinaria maestría– y unos pianísimos de vértigo. En la primera pieza, “Io son l’umile ancella” de Adriana Lecouvreur, se evidenciaron algunos de dichos problemas, aunque la cantante la terminó muy bien. Vino luego la Habanera de Carmen, bien cantada pero más actuada que meditada, con gesticulaciones excesivas. A partir de la tercera pieza –“O soave fanciulla” de La Bohème– se entró del todo en el repertorio de la velada, con una extraordinaria “Ebben ne andrò lontano” de La Wally, cantada con pureza, delicadeza y emoción. La naturalidad del “O mio babbino caro”, regalado de propina, fue también de lo mejor de la velada.
Acompañó a Gheorghiu su joven compatriota Teodor Ilincai, de voz soberbia, gran empaque y agudos –en general– limpios y restallantes, aunque le falte pulir los acentos más delicados. Cosechó un gran éxito, en particular, con “Nessun dorma”, y cuando entonó “No puede ser”, con una convicción extraordinaria, se alzó a la altura de la diva, con la que cantó algunos dúos. Terminaron con una encantadora Granada propia de un music hall.
La orquesta del Teatro Real brilló con luz propia, muy particularmente en la Rapsodia romana 1 de Enescu, bajo la dirección precisa y eficaz, bien contrastada y atenta a los detalles, de Ciprian Teodorascu.  * José María MARCO