CRÍTICAS

Teatro Mariinsky
Borodin EL PRÍNCIPE ÍGOR
Evgeni Akimov, Nikolai Putilin, Mijail Kolelishvili, Anna Marcarova, Vladimir Vaneev, Olga Borodina. Dirección: Pavel Smelkov. Dirección de escena: Evgeni Sokovnin. 29 de mayo de 2018.
 
El Teatro Mariinsky repuso El príncipe Igor en la puesta en escena de 1954 de Evgeni Sokovnin © Teatro Mariinsky / Natasha Razina 
 
El Principe Ígor forma parte del repertorio de oro de la ópera rusa y siempre ha sido el caballo de batalla de los artistas rusos que conquistaban el mundo desde 1914 tras el triunfo de la producción de Serge Diaghilev decorada por Nikolai Roerich en Londres. Alexander Borodin, que además de célebre compositor fue un químico reconocido internacionalmente, tardó 19 años en escribir su única ópera, que dejó inacabada. Actualmente conviven dos versiones: una más fiel al original y otra  recompuesta por dos amigos íntimos del autor, Rimski-Korsakov y Glazunov, lo que da un cierto margen para maniobras arriesgadas, e incluso cambios en el orden de los actos por parte de directores de escena. La versión que presentó el Teatro Mariinsky es una renovación de la puesta en escena clásica de 1954 de Evgeni Sokovnin, seguidor de Stanislavskyi, que, con sus actuaciones sencillas y psicológicamente justificadas y un vestuario lujoso y pintoresco, logra impresionar tanto a un escolar ruso como a un melómano europeo. La composición de esta producción otorga más espacio al mundo oriental salvaje, y, por otro lado, su final desvaído e inesperado deja algo insatisfecho al público.
La orquesta del Mariinsky bajo la batuta de Pavel Smelkov cumplió con las exigencias de la partitura, mostrando un muy amplio abanico de matices: desde la sutileza del Coro de esclavas hasta la salvaje robustez de fragmentos asiáticos. Sin embargo, desde el principio se echó en falta un equilibrio más ajustado entre los diferentes grupos de instrumentos, la calidez en el timbre de los violines y un rubato más orgánico. Cabe decir que el primer reparto de la orquesta actuaba a la misma hora con Valery Gergiev en otro escenario.
Del elenco de cantantes hay que destacar el excelente trabajo del tenor Evgeni Akimov, que llenó la sala con su bella voz, totalmente adecuada al papel de Vladimir Igorevich, sin esfuerzo alguno. Su canto de fraseo elegante, buena línea, su musicalidad y su presencia escénica le permitieron abordar la dificilísima cavatina “Medlenno den ugasal” y coronarla con un sublime La bemol en falsete. El experimentado Nikolai Putilin tal vez no tuvo su mejor día y su Ígor quedó bastante desdibujado vocal y escénicamente. Su fraseo nada expresivo y monótono y su postura tremendamente estática durante todo el espectáculo afectó notablemente a toda la función. Mijail Kolelishvili, en el rol de Jan Konchák, estuvo más suelto y actuó con naturalidad, pero su timbre parecía haberse oscurecido artificialmente y el famoso Fa resultó algo dudoso.
En el repertorio operístico hay pocos papeles tan duros como el de Yaroslavna. Anna Marcarova goza de una verdadera voz de soprano dramática, propicia para este personaje; sin embargo, no supo evitar un sonido forzado en forte, problema muy habitual en la interpretación de este rol. En cambio, en los momentos líricos, especialmente al final, logró controlar su voz sin perder esmalte en su timbre. Vladimir Vaneev se manifestó como un príncipe Galitski correcto, pero sin impactar con su actuación; su voz reveló un timbre algo opaco y algunas de sus notas agudas tragadas. Olga Borodina regaló unos instantes maravillosos con una rotunda exhibición de su penetrante e irrepetible voz. Tal vez la tesitura de Konchakovna no es especialmente cómoda para ella, pues evidentemente no es contralto, pero la frescura de su voz proporciona cierta esperanza de que pronto acabará su voluntario encierro en el Mariinsky.  * Elena KOLESNIKOVA