CRÍTICAS

Teatro de La Zarzuela
Schubert SCHWANENGESANG
Matthias Goerne. Alexander Schmalcz, piano. 8 de mayo de 2018.
 
El Canto del cisne (Schwanengesang) culminó los tres ciclos de canciones de Schubert que cantó Matthias Goerne en el Teatro de La Zarzuela en el plazo de unas cuantas semanas. Fue un privilegio asistir a las tres sesiones. Se pudo ver a un gran artista enfrentarse a las páginas más importantes del género y cómo Goerne ha cambiado la forma en la que comprendemos y escuchamos el Lied. También fue posible asistir a la evolución psicológica, moral y existencial del joven amante desde su entusiasmo inicial en La bella molinera hasta su adentrarse en el terreno de la muerte en Viaje de invierno. Ahora, con el Canto del cisne, llegaba el momento de la recopilación y recordar su peripecia anterior, convertido en una sombra inmaterial de lo que fue.
Es verdad que este último ciclo tiene mucho de producto espurio, montado para aprovechar el fallecimiento del compositor. Y sin embargo, desde el primer momento, mantiene su atractivo como ciclo individual, con sentido propio. Con el joven poeta más allá del umbral del otro mundo, ya no hay vuelta atrás: el fantasma que canta en el escenario no existe, de hecho, y lo que expresa ahora es la manera en la que el público, que ha asistido a su trágico periplo, puede llegar a recordar lo que ha vivido con él. Así es como “Mensaje de amor” (Liebesbotschaft), con la evocación del arroyuelo, remite al principio de La bella molinera y la “Despedida” (Abschied) recuerda el arranque del Viaje de invierno.
Goerne acentúa así, en estas canciones finales, algo que ya venía ocurriendo desde el principio: y es que, respetando lo que el Lied tiene muchas veces de lirismo e incluso de sentimentalismo ingenuo, con esa inmediatez que hace que buena parte del teatro esté al borde del sollozo, también ofrece una visión intrínsecamente distanciada del género. En el Canto del cisne, esa distancia se hizo abismal, y le tocó a la materia vocal, así como a la técnica y al estilo de canto, revelar lo que, por otro lado, es imposible de recomponer. El intérprete alemán, sin la menor pretensión y plantado en el escenario como siempre lo hace, se vio enfrentado por tanto a una misión trágica en sí misma. Tan difícil que no siempre –sobre todo en la primera parte– logró salir completamente airoso: hubo alguna nota calada, subidas afalsetadas poco consistentes, y a veces la sensación de que la voz no corría con la suficiente fluidez. No importó, porque todo eso se incorporó al sentido del drama al que se estaba asistiendo. Y desapareció cuando volvió a la naturalidad absoluta con El Atlas, esa microautobiografía sentimental de una densidad digna del peso que soporta el personaje.
“Su imagen” (Ihr Bild) fue convenientemente teatralizada; “La ciudad” (Die Stadt)  evocó, a media voz, el pasado irrecuperable, y “El doble” (Der Doppelgänger), cantada desde lo más profundo, sin la menor pretensión de exhibición, llevó al espectador a contemplar la mirada de ese personaje que solo existe en el fantasma que evoca en uno mismo la más lúgubre de las canciones.
Con esto dio Goerne por terminado el ciclo, aunque de propina ofreció, como era de esperar, la sublime Paloma mensajera (“Die Taubenpost”). La nostalgia, tan importante en este ciclo, se trasladaba a lo que el público sentirá cuando recuerde lo vivido en estos tres recitales. Muy bien Alexander Schmalcz al piano, en sustitución de Hinterhäuser.  * José María MARCO