CRÍTICAS

Opéra de Lille
Verdi NABUCCO
Nikoloz Lagvilava, Mary Elizabeth Williams, Simon Lim, Victoria Yarovaya , Robert Watson, François Rougier, Jennifer Courcier, Alessandro Guerzoni. Dirección: Roberto Rizzi Brignoli. Dirección de escena: Marie-Eve Signeyrole. 16 de mayo de 2018.
 
Dos escenas de Nabucco en la propuesta escénica de Marie-Eve Signeyrole © Opéra de Lille / Frédèric Iovino 
Será tal vez banal subrayar la destreza con la que Roberto Rizzi Brignoli lanzó, dirigió y concluyó el tan conocido coro “Va, pensiero…”. Banal, el maestro, en ese preciso momento, reveló sonoridades insospechadas, mantuvo el ritmo –lento– con mano firme y creó una atmósfera leve, penetrante y dio la justa intensidad a la frase “Arpa d’or!”. Valga el ejemplo de botón de muestra para ilustrar la noche musical de Lille. Rizzi Brignoli, desde la obertura hasta la conclusión, hizo suya la Orquesta Nacional de Lille como sabe apropiarse de todas las formaciones que se le ha visto dirigir en Francia desde hace algunos años. Añádase que fue precisamente el coro –esta vez se unieron el de la casa y el de Dijon bajo la dirección de Yves Parmentier– el elemento que mayormente atrajo la atención del público, por la variedad, la intensidad y la justeza de sus intervenciones.
El barítono georgiano Nikoloz Lagvilava, totalmente desconocido en Francia, dio del complejo rey babilonio una interpretación poco menos que sublime: dispuso de un timbre reconocible, no particularmente agradable, con un algo de metal; su emisión, viril pero también lírica según el momento, se adaptó perfectamente al texto y al matiz harmónico que le dictaba el foso. Mary Elizabeth Williams no pareció hacer grandes esfuerzos para interpretar muy correctamente el imposible papel de Abigaille; la soprano norteamericana no escatimó agudos en el forte, seguidos de notas, bien audibles, en el registro medio. Victoria Yarovaya (Fenena) no por tener un papel menos espectacular fue incapaz de brillar en contrapunto, vocal y dramático, de su autoritaria hermana. También intervino con gran autoridad el bajo Simon Lim, y fue muy apreciado en la sala. El tenor Robert Watson cubrió con creces las exigencias vocales y dramáticas del rol de Ismaele.
La puesta en escena de Marie-Eve Signeyrole interesó al público en gran manera. La idea de base –relacionar el conflicto bíblico con los acontecimientos actuales en el Oriente Medio– no parecía muy original a primera vista, pero sorprendió positivamente por –al menos– dos razones: la gran densidad del trabajo realizado –apláudanse la escenografía de Fabien Teigné, la iluminación de Philippe Berthomé y los majestuosos vídeos de Baptiste Klein– y la integración banalizada y banalizante –valga el neologismo– de los medios de comunicación actuales para la transmisión urbi et orbi de acontecimientos funestos. El comportamiento frío de los técnicos de TV que retransmitían los horrores de la guerra y la deportación dio escalofríos. Todo ello muy bien orquestado y perfectamente ejecutado, dejó sin embargo algo confuso –¿expresamente?– el quién era quién: se puede dudar de que el público pudiese abstraer, en tiempo real, las nociones relativas de buenos y malos, cambiantes con el paso de los siglos. Tampoco las breves morcillas textuales, sacadas de la propia Biblia y de otras fuentes más oscuras, ayudaron a la clarificación de la historia. Todo ello vino en menoscabo de la comprensión del problema familiar, que Verdi trató incansablemente a lo largo de su producción, planteado esta vez por cuestiones de religión y de poder, y situado en un contexto bíblico. El público italiano del siglo XIX comprendía bien, en cambio, la actualidad de la historia, aun presentada en una escenificación convencional de tipo péplum.  * Jaume ESTAPÀ