CRÍTICAS

Gran Teatre del Liceu
Concierto PLÁCIDO DOMINGO
Obras de Giménez, Soutullo y Vert, Lecuona, Serrano, Fernández Caballero, Sorozábal, Moreno Torroba, Guerrero y otros. Ana María Martínez, Airam Hernández, Plácido Domingo. Dirección: Ramón Tebar. 20 de mayo de 2018.
 
Plácido Domingo, Ana María Martínez y Airam Hernández, en Barcelona © Gran Teatre del Liceu Antoni Bofill 
Si en el mes de agosto de 2007 se dio una fiesta en el Grosses Festspielhaus de Salzburgo sobre la base del género castizo español, ¿por qué iba a ser menos el Liceu pudiendo contar con prácticamente los mismos protagonistas, aunque aquí ya no pudiera estar Jesús López Cobos entre ellos? El programa presentado en el coliseo barcelonés repetía algunos de los números allí ofrecidos, ya sea en el cuerpo del programa o en los encores, pero incluía las variaciones suficientes –¡un insólito dúo de Marina, con un inédito Roque-Domingo, tan entregado como haciendo equilibrios con el texto!– como para hacer más atractiva la oferta, que permitía ampliar el material al incluir la intervención del tenor Airam Hernández, que añadiría picante al guiso con la jota de El trust de los tenorios, el dúo de La leyenda del beso y la romanza de Javier de Luisa Fernanda.
Plácido Domingo, recibido con entusiasmo delirante por el público, alternaría los papeles previstos para la cuerda de tenor como el Leandro de la imprescindible Tabernera del puerto o el Giuseppini de El dúo de La Africana con especialidades de barítono de profesión como “Mi aldea” o la romanza de Germán de La del Soto del Parral, páginas todas ellas en las que mostró una alta sabiduría tanto en la gradación de los efectos como en el señorío de una emisión que, si ya no puede ofrecer toda la opulencia de sus mejores años, sí es capaz aún de acreditar la belleza de su timbre inmarcesible. Las ovaciones que acogieron cada una de sus intervenciones fueron ensordecedoras y el artista no pudo por menos que dirigirse al público para ponderar la excepcionalidad del evento.
El debut en el Liceu de la soprano puertorriqueña Ana María Martínez no pudo ser más lisonjero, desde su intervención inicial con la romanza de María la O hasta la salida de Cecilia Valdés de la obra de Gonzalo Roig, ofrecida como propina. Su petenera de La Marchenera fue acogida con una ovación. El tenor Airam Hernández, por su parte, aprovechó la oportunidad de aparecer en el Liceu en un cometido importante para exhibir un canto valiente y generoso que supo vencer con éxito un conato de engolamiento en las primeras frases, y ofrecer en el capítulo de regalos, inmediatamente después del garboso dúo de La del manojo de rosas que brindaron Domingo y Martínez, una estrofa de la romanza de Rafael en La Dolorosa de nítida elocuencia.
Ramón Tebar no se limitó a dirigir el tráfico al frente de una entusiasta orquesta liceísta y matizó donde tenía que hacerlo con óptimos resultados, aunque es cierto que el Intermedio de Goyescas hubiera admitido sin empacho una mayor levedad y los pizzicati de La leyenda del beso acusaron alguna indecisión. Impecable el ritmo asignado a La boda de Luis Alonso y a la Farruca de El sombrero de tres picos –curiosamente, en Salzburgo de dio la Jota– en unas versiones fervorosamente acogidas por el público. El concierto se cerró, como no podía ser de otra manera, con el apéndice de ese “Amor, vida de mi vida” de la Maravilla de Torroba que Domingo ha convertido casi en un signo de identidad. Fiesta completa, pues, para gozo de los aficionados barceloneses a la zarzuela, aquí dejados de la mano de Dios, y sorpresa de los no habituales ante la belleza del material ofrecido. Una ocasión a señalar con piedra blanca.  * Marcelo CERVELLÓ