CRÍTICAS

Opéra de Massy
Mozart EL RAPTO DEL SERRALLO
Blaise Rantoanina, Katharina Dain, Pauline Texier, César Arrieta, Nils Gustén, Stéphane Mercoytol. Dirección: Dominique Rouits. Dirección de escena: Emmanuelle Cordoliani. 25 de mayo de 2018.
 
Emmanuelle Cordoliani contextualizó El rapto del serrallo en una sala de fiestas © Opéra de Massy / Christian Badeuil
 
Emmanuelle Cordoliani decidió transformar el serrallo de Selim Bassa en una sala de fiestas de categoría en la que, entre bromas y veras, se interpretaba la turquería de Mozart. El coro, presente en el escenario durante toda la primera parte de la velada, se repartió los papeles entre los clientes del Palace y el personal de servicio. El night-club suministró emociones colaterales fuertes y sus clientes, supuestamente ricos –ellos en esmoquin, ellas con trajes de noche de estilo 1920– fueron desvalijados y violentamente tomados como rehenes por los secuaces de Selim Bassa.
Puesto que Mozart no había dado al papel de Selim una longitud suficiente, la directora de escena suplió el descuido del divino maestro inyectándole largas morcillas en forma de poesías sufíes de las que nadie comprendió nada: el sufismo es “una tendencia esotérica y mística del Islam sunita”, según reza la enciclopedia. Es de Cordoliani la responsabilidad de clasificar a Selim en el campo sunita; es de esperar que los chiíes estén de acuerdo. En la segunda mitad de la noche, mucho más austera, libró la directora el escenario a los cantantes para que pudieran expresarse, libres de las morcillas abusivas y de la presencia de los coristas.
Nils Gustén (Osmin) impresionó por su gran estatura y su perfil atlético, poco frecuentes en el personaje. Mostró pues una buena presencia escénica, y si su voz fue algo apagada y sin timbre, su dicción fue generosa y sus rudos modales daban miedo a los cristianos. El simpático venezolano César Arrieta (Pedrillo) desempeñó un trabajo vocal y dramático de buen nivel. Mantuvo la tensión en las situaciones de compromiso y fue protagonista, y tal vez autor, de algunas morcillas de buen gusto en el primer acto. A su lado la joven Pauline Texier dio de Blonde una versión vocal aceptable, si bien su emisión, algo estrecha, no era particularmente bien adaptada al papel. Blaise Rantoanina, disfrazado de Henri Salvador, cubrió el papel de Belmonte; su actuación vocal fue irregular pero quedaron muy claras sus ganas de quedar bien y, en la segunda parte del espectáculo, logró momentos de excelente factura vocal. La joven soprano norteamericana Katharine Dain fue una Constance algo apagada vocalmente, como el resto del reparto durante la primera mitad de la noche, pero se despertó súbitamente al rebelarse contra Selim y en su violencia logró un momento lírico de gran fuerza y convicción. Ya en la segunda parte mantuvo este nivel y mostró en las notas de adorno, en particular, un buen dominio de la técnica. Stéphane Mercoytol campó a sus anchas en la versión ampliada de Selim que le regaló la directora y que él adoptó sin mayores escrúpulos.
Dominique Rouits dirigió la orquesta de la casa; pareció cansado y aburrido durante toda la primera parte a causa de los continuos frenazos que las inclusiones verbales de la directora de escena ordenaba y que deshilvanaban y rompían el trabajo del foso. Como los cantantes, se repuso en la segunda parte, más continua y más conforme con las voluntades del compositor y de su libretista.  * Jaume ESTAPÀ