CRÍTICAS

 The Royal Opera – Covent Garden
George Benjamin LESSONS IN LOVE AND VIOLENCE
Estreno absoluto
Stéphane Degout, Gyula Orendt, Barbara Hannigan, Peter Hoare, Samuel Boden. Dirección: George Benjamin. Dirección de escena: Katie Mitchell. 26 de mayo de 2018.
 
George Benjamin se encargó de dirigir musicalmente su obra Lessons in Love and Violence en su première en Londres © Royal Opera House / Stephen Cummiskey 
 
El género operístico es per se un ejercicio en amor y violencia, pero mientras que en la obra anterior de George Benjamin, Written on skin, la acción se concentraba con suprema intensidad sobre dos personajes, esta nueva ópera la diluye entre cinco roles que, a su vez, representan al amor, la violencia, la ambición, la arrogancia y la vanidad. Quizá por este detalle el resultado de la première absoluta de Lessons in Love and Violence resultó menos impactante. Ambientada visualmente en tiempos modernos, la historia se refiere al rey Eduardo II, su derrocamiento y asesinato en 1327 y la subida al trono de su hijo Eduardo III en 1330.
El elenco de esta obra –dividida en siete escenas continuas y cuyo montaje viajará a Ámsterdam, Hamburgo, Lyon, Chicago, Barcelona y Madrid–, aunque distinguido vocalmente, fue también variable. Barbara Hannigan es una cantante fenomenal que aquí tuvo menos impacto porque su rol, Isabel, era más actuado que cantado. Esta reina con un marido gay posaba mucho, hacía gestos de modelo y otros autoritarios, y sabia conquistar hombres de poder, pero, ¿quién era en realidad? Tenía momentos que revelaban un poco de carácter, como en la escena en la que Mortimer traía a los pobres que eran recibidos en su dormitorio, pero el escaso contenido dramático no daba para crear un personaje completo, a pesar de que Hannigan sea una presencia importante.
 
Stéphane Degout delineó un Rey superficial, sin demasiado carisma ni proyección dramática. La voz no era el problema, sino la caracterización, por la cual parecía ser un hombre vano para quien solo el sexo y la autoridad eran importantes. Quizá el rol más odioso y por ende mejor creado fue el de Gaveston, el amante del rey: es un personaje egoísta a quien le importa solo las artes y el lujo, sin pensar en la miseria que esto causa al pueblo. Defendido por Gyula Orendt resultó irresistible, sinuoso, con el rey en la palma de su mano. Fue curioso escuchar a dos barítonos defendiendo ambos roles. ¿Quizá Benjamin quería resaltar la igualdad entre ellos?
Peter Hoare fue Mortimer, el consejero militar del rey, un tenor entre registros bajos; su papel pasaba de estar del lado de los pobres al fascismo más absoluto; es obvio que el poder se le sube a la cabeza y no sabe qué hacer con él. Ser fascista es fácil, y este Mortimer dio lecciones de ello a carretadas. Samuel Boden dio vida al hijo del rey, un rol que creció en importancia a medida que se desarrollaba la obra y que decía las últimas palabras que lo confirmaban ya como un joven que había aprendido su lección.
La dirección de Katie Mitchell, con escenografía de Vicki Mortimer, resultó ser siempre atenta a los detalles. Llamó la atención un tanque con peces, quizá una alegoría de la situación de los personajes de la obra. Esta es obviamente compleja y requiere ser vista más de una vez para digerir su contenido en su integridad. Si el libreto de Martin Crimp parece a primera vista haber sido concebido más para ser leído que cantado, la música que le da vida es otra cosa: George Benjamin es un maestro de la atmósfera, del sonido inesperado, del pasar del tutti orquestal más brutal al sonido más suave y dulce. Su dirección tuvo todo lo necesario para hacer de esta première un éxito considerable. Él es un verdadero maestro tanto de amor como de violencia.  * Eduardo BENARROCH