CRÍTICAS

Teatro dell’Opera
Britten  BILLY BUDD
Phillip Addis, John Relyea, Toby Spence, Stephen Richardson, Keith Jameson. Dirección: James Conlon. Dirección de escena: Deborah Warner.  13 de mayo de 2018.
 
La producción de Billy Budd coproducida con el Teatro Real viajó a Roma con la dirección musical de James Conlon © Teatro dell’Opera / Yasuko Kageyama 
 
Este montaje de Billy Budd, ganador del prestigioso Opera Award como mejor nueva producción operística de 2017, tuvo también un gran éxito en la Ópera de Roma, que produjo el espectáculo con el Teatro Real de Madrid y la Royal Opera House de Londres. La dirección escénica de Deborah Warner dispone un movimiento de los personajes con la naturalidad típica del teatro británico –nunca antes se había visto a los coristas del teatro romano hacer de verdaderos actores– y hacer emerger la significación más recóndita de esta obra, que es casi una sacra rappresentazione en la que Claggart representa el mal y Billy la víctima a sacrificar, en tanto que el Capitán Vere –que querría y podría salvarlo, pero elige no intervenir– sería un nuevo Poncio Pilato. La escenografía de Michael Levine es de una sencillez que hace que pase prácticamente desapercibida, pero resulta fundamental. De la nave inglesa se ve apenas el velamen, casi siempre recogido, y las jarcias colgantes que delimitan el espacio como los barrotes de una cárcel. Este navío, aislado en el océano, rodeado de una densa niebla y casi siempre inmerso en la oscuridad –bellísima la iluminación de Jean Kalman– es un mundo cerrado en sí mismo del que no se puede escapar, parecido a un campo de concentración, en el cual los marineros son esclavos sometidos a la oficialidad y a la menor torpeza son castigados con unos azotes de injustificable crueldad.
Britten tuvo a su disposición un magnífico libreto de E. M. Forster, basado en una narración de Melville. El tema de la homosexualidad, que era un delito penado en Inglaterra hasta 1967 y en otras partes del Reino Unido hasta 1982, tiene un papel importante en la trama y el resultado artístico dependerá siempre en este caso de unos artistas que vivan el problema visceralmente. Pero Billy Budd, como ocurre con Moby Dick, tiene también un valor simbólico, que trasciende de la contingencia narrativa y que hace referencia al bien y al mal absolutos, asumiendo un significado casi religioso. Y esto ocurre también en la ópera de Britten.
Prácticamente perfecta la vertiente musical. James Conlon es un gran admirador y un experto conocedor de la obra de Britten y bajo su batuta los coros y la orquesta de la Ópera de Roma ofrecieron una aportación excelente. Los intérpretes de la casi veintena de personajes cumplieron de una manera que cabe considerar como ejemplar. El canadiense Phillip Addis tiene el físico y la voz ideal para encarnar la belleza, la pureza y la alegría del protagonista. John Relyea está impresionante en el gran monólogo de Claggart al final del primer acto, al que da una fuerza dramática digna de Verdi, aun  con un conocimiento de los meandros de la psiquis que Verdi no podía tener. Toby Spence fue un Capitán Vere de mesura y elegancia mozartianas.  * Mauro MARIANI