CRÍTICAS

Ópera Nacional de Chile
Mozart  DON GIOVANNI
Levent Bakirci, Edwin Crossley-Mercer, Michelle Bradley, Paulina González, Joel Prieto,
Marcela González, Matías Moncada, Soloman Howard. Dirección: Attilio Cremonesi.
Dirección escénica: Pierre Constant.  16 de abril de 2018.
 
El Teatro Municipal de Santiago de Chile programó Don Giovanni en la propuesta escénica de Pierre Constant © Ópera Nacional de Chile / Marcela González Guillén 
Sobre la misma planta escenográfica que en 2017 sirvió a Le nozze di Figaro –un pesado palcoscenico de madera, flanqueado por varias puertas, utilizadas para las entradas y salidas de los personajes– la régie de Pierre Constant jugó con los elementos de farsa y burla del argumento, haciendo un zoom sobre ellos y desdibujando un tanto la crisis moral descrita. La opción teatral es vigorosa y desfachatada en alusiones sexuales –las que existen en la ópera misma y otras varias también, añadidos manoseos y algunos desnudos–, pero dentro de un ámbito coherente. Hay un tono sarcástico en el enfoque de Doña Anna y Doña Elvira, de manera que sus debates internos mueven más a la risa que a otra cosa, y el personaje de Don Giovanni es un tipo desagradable, poco seductor, algo saltarín de más, que no solo se contenta con seducir mujeres sino que además escupe sobre sus víctimas.
Hay múltiples ocurrencias y muchas de ellas son acertadas, como el hecho de que el Comendador sea parte de una cofradía de penitentes sevillanos de Semana Santa, de lo cual se sirve Don Giovanni para ingresar disfrazado a su casa y llegar hasta Doña Anna, forzada fuera de escena en el transcurso de la obertura. También enriquecen el trabajo dramático el juego de lazadas para la seducción de Zerlina; el uso que se da a la cortina roja que separa el escenario del foso orquestal; la luz que anuncia la presencia de ultratumba del Comendador; el cuadro postorgiástico de la fiesta a la que el protagonista invita a sus perseguidores, y el espectacular final con Don Giovanni martirizado en el aire gracias a un sorprendente cuadro de tela acrobática, realizada por un doble. Se echa en falta la estatua hablante del Comendador y resulta muy literal la cena con trozos de pollo a la brasa repartidos por el suelo.
La versión de Attilio Cremonesi es de enfoque barroco y el sonido conseguido permitió develar algunos de los detalles camerísticos que tiene la partitura; el director estuvo siempre pendiente de los cantantes y esta vez sus tempi respetaron sus posibilidades. Los puntos más altos del trabajo de Cremonesi se obtuvieron en el “trío del jardín” del comienzo del segundo acto, en los minuetos para la seducción de Zerlina y el que bailan los nobles durante la fiesta.
Los cantantes fueron de menos a más. Solo correcto el barítono Levent Bakirci, de emisión poco dúctil y sin el atractivo culpable que debe despertar el disoluto protagonista. Simpático el Leporello de Edwin Crossley-Mercer, de voz sin gran proyección pero de canto bien conducido y que representó a su personaje con gracia y una cuota de perfidia. Michelle Bradley tiene un material opulento y de hermoso color, pero se vio incómoda como Doña Anna; podrá desplegar su indudable talento en otro repertorio (Verdi en particular). Desde su entrada, Paulina González estuvo a sus anchas como Doña Elvira; su “Mi tradì quell’alma ingrata”, aria intensa y ejemplo de lirismo y canto legato, fue lo mejor de la noche. Joel Prieto (Don Ottavio) tiene una voz noble y luce una cuidada línea; su “Dalla sua pace” lo encontró algo frío, obteniendo mejores resultados en el arduo “Il mio tesoro”. Zerlina y Masetto fueron los excelentes jóvenes cantantes chilenos Marcela González y Matías Moncada, y Soloman Howard resultó un lujo como el Comendador.  * Juan A. MUÑOZ