CRÍTICAS

Opéra National de Paris
Berlioz BENVENUTO CELLINI
John Osborn, Maurizio Muraro, Pretty Yende, Audun Iversen, Marco Spotti, Michèle Losier, Vincent Delhoume, Luc Berin-Hugault, Rodolphe Briand, Se-Jin Hwang. Dirección: Philippe Jordan. Dirección de escena: Terry Gilliam. Opéra Bastille, 11 de abril de 2018.
 
Terry Gilliam llevó su montaje de Benvenuto Cellini a París © Opéra National de Paris / Agathe Poupeney
 
Benvenuto Cellini es una ópera dramáticamente frágil a ojos de la sociedad actual, a pesar de la consistencia de su partitura y del espesor de su libreto. Su lenguaje refinado y la mayoría de sus personajes improbables llegan a nuestros oídos sobre el filo de la navaja. Lo cual significa que se requiere mucha fineza para ponerla en escena dignamente, vale decir con la intención positiva que le daba su autor. Es mucho más fácil burlarse de ella, tomarla a chanza, ahondar en la parte ridícula de una frase o bien ridiculizar una situación sin motivo aparente. El efecto sobre la sala está garantizado. Los ejemplos de tal situación en el mundo teatral son legión. Baste recordar las groseras representaciones de Don Juan Tenorio que se podían presenciar allá por los años 50 en escenarios de tercera zona.
Terry Gilliam, consciente del éxito de su grupo, los célebres Monty Python, quiso recordar aquí quién era él. Consciente sin duda de la dificultad de presentar esta obra con la dignidad que merecía, optó por la imitación burlesca y ofreció al público parisino una parodia –muy bien trabajada– en la que lo visual sobrecargado –cambios incesantes de escenografía (Gilliam y Aaron Marsden) y montones de artistas en el escenario– y el dinamismo inútilmente febril, absurdo –artistas circenses presentes por doquier–, aplastaron durante toda la primera parte de la obra a solistas, orquesta y buena parte de las intervenciones corales, bien preparadas por José Luis Basso. No faltó un sobrecargado Carnaval Romano al final de la primera parte. Algo se serenó luego el ambiente, tal vez por falta de inspiración. Si lo que se pretendía era regenerar el patrimonio lírico nacional, o bien se hubiese tenido que buscar otra obra o, mejor, otro director de escena. Si en cambio se buscaba tirar contra una ambulancia, se acertó. Tal y como lo confesó el propio Gilliam, la ópera de Hector Berlioz no estaba a su alcance. Esta fue su primera aparición en el escenario de La Bastille. Esperamos que la próxima, si la hubiere, sea dentro de unos cuantos lustros.
En este contexto violento para los cantantes, John Osborn interpretó el papel principal con gran coraje. Con una emisión algo estrecha pero clara y un timbre más bien blanco, agradable, se lució en el registro agudo e hizo gala de un acento francés de gran calidad. Se impuso sin dificultad aparente en la heroica parte final. A su lado, Pretty Yende cantó la parte de Teresa con fineza y sensibilidad. Ejecutó con ligereza y arte las notas de adorno; en cambio, se adivinó que no parecía estar muy al corriente de lo que decía. El resto del reparto contribuyó con idénticas ganas de existir y de quedar bien. Cítese a Maurizio Muraro, que prestó su voz y su presencia al papel de Giacomo Balducci, o a Audun Iversen en el de Fieramosca. El público aplaudió las intervenciones de Marco Spotti, disfrazado de Clemente VII –con un guardarropa salido de la imaginación de Katrina Lindsay, que no de documentos existentes– como también lo fue Michèle Losier en el papel masculino de Ascanio, el amigo fiel de Cellini. O también la intervención de Luc Bertin-Hugault en el breve rol de Bernardino.
Poco se dirá esta vez de la orquesta de la casa, dirigida por Philippe Jordan. Como viene comentado, el espectáculo solicitó sobre todo los ojos para ver, dejando de lado, muy disminuidos, los oídos. Globalmente no se oyó la orquesta a pesar de la cantidad de decibelios que debió verter en la sala a lo largo de la velada.  * Jaume ESTAPÀ