CRÍTICAS

Teatre Principal
Marqués EL RELOJ DE LUCERNA
Marga Cloquell, Maia Planas, Natalia Salom, Tomeu Bibiloni, Antoni Comas, Pablo López.
Dirección: José María Moreno. Dirección de escena: Carlos Martos. 8 de abril de 2018.
 
Palma recordó al compositor Pere Miquel Marqués con la recuperación de El reloj de Lucerna © Teatre Principal / Elena Rotger 
Como conmemoración del centenario de la muerte del compositor mallorquín Pere Miquel Marqués, gran sinfonista en su tiempo e injustamente olvidado incluso en su tierra, se presentó en el Teatre Principal de Palma esta obra que al parecer fue un gran éxito en su tiempo y que después de años de olvido ha tenido que ser reconstruida. Afortunadamente su autor la califica de drama lírico y así ahorra la duda, aún persistente, de si se está ante una ópera o una zarzuela; visto lo visto y oído podría incluirse en el catálogo de este último género con pretensiones de gran zarzuela. Pero El reloj de Lucerna sería un gran éxito si se suprimieran los textos hablados, totalmente obsoletos y en muchas ocasiones difíciles de seguir. La trama es enrevesada y un tanto incomprensible, por lo que quizá sería bueno incluir un narrador que ayudara a seguir la historia cuyo peso lo llevan las tres sopranos protagonistas, una de ellas en personaje travestido. Protagonizan esos tres personajes en el primer acto un trío de tonos belcantistas, “¿Qué es esto, Dios clemente?”, que es, sin ninguna duda, el mejor número musical de la obra. Lo resolvieron de manera impecable Marga Cloquell, Maia Planas y Natalia Salom con una línea de canto impecable, de gran eficiencia en toda su actuación, y entregadas escénicamente, en un entorno escénico no precisamente agradable. Cloquell, además, se lució en una gran romanza, “Horas de angustia y aflicción”, de gran dificultad. Un gran reconocimiento a las tres por enfrentarse de forma tan eficiente a una música nada fácil y desconocida y hacer que el público la pudiera disfrutar. Cabe destacar las actuaciones de Tomeu Bibiloni –eficiente guía de una trama enrevesada–, Pablo López y Antoni Comas, quien resolvió bien un ingrato papel semicómico.
La Simfònica de les Illes, aún un tanto apagada en algunos momentos por su situación al fondo del escenario, sonó profesional y ajustada bajo la enérgica batuta de José María Moreno, corresponsable del rescate de esta obra. De la misma manera, muy profesional el coro de la casa. En un principio el teatro publicitó esta representación como semiescenificada, pero finalmente se contó con un montaje de Carlos Martos que, por la falta de medios, se convirtió en el punto gris de la velada. Fuera por cuestiones de presupuesto o guiado por el Konzept, el regista colocó unos andamios en la boca del escenario –de aquí la ubicación de la orquesta al fondo del mismo– por los que trepan y bajan –sin ton ni son y siempre con prisas– los protagonistas. La propuesta contó con un vestuario absurdo, inclasificable; e incalificable fue la inclusión de una bañera de simbolismo hasta ahora desconocido y en la que Maia Planas tuvo que remojarse; de dicha bañera más tarde se extraería un fango-sangre con el que todos se embadurnaron sobre el escenario. Más simbolismo desconocido que hizo desear en más de una ocasión una presentación en versión de concierto bien organizada.
Un punto positivo para el coliseo mallorquín por recuperar una obra importante del acervo musical de la tierra, aunque lo deseable hubiera sido dedicar el presupuesto a darle la relevancia que se merece.  * Pere BUJOSA