Teatro Real
Britten GLORIANA
Anna Caterina Antonacci, Leonardo Capalbo, Paula Murrihy, Duncan Rock, Sophie Bevan, Leigh Melrose, David Soar, Benedict Nelson, Elena Copons, Itxaro Mendaka, Gerardo López. Dirección: Ivor Bolton. Dirección de escena: David McVicar. 12 de abril de 2018.
 
Anna Caterina Antonacci, caracterizada como la protagonista de Gloriana © Teatro real / Javier del Real.
 
Gloriana es de las óperas menos representadas de Britten, lastrada tal vez por el equívoco que rodeó a su estreno. Concebida como un acto de homenaje a la recién coronada Isabel II, como en otros tiempos se estrenaban Clemencias de Tito, Britten le infundió un marcado carácter dramático, al presentar una reina ya mayor, celosa de su autoridad hasta la crueldad y prendada –enamorada parece mucho decir– del joven Roberto Devereux: crucificada por tanto entre las emociones y el deber. Triunfa, como es natural, el deber. El pobre Roberto acaba en el cadalso y la Reina acepta a regañadientes su destino, político e impersonal. Más fría y menos conmovedora que la ópera de Donizetti sobre el mismo asunto, no resulta menos melodramática. Para llegar a ser una obra maestra, le falta emoción. Demasiadas referencias –muy bien traídas y recreadas, por otra parte– a la música de tiempo de los Tudor, demasiada pedagogía política –en el fondo, es una ópera seria y casi se echa de menos algún da capo– y cierta falta de inspiración, como en el poco convincente dúo del tercer acto.
La puesta en escena de David McVicar, con trajes de época –algo casi vedado en el repertorio tradicional– resultó muy respetuosa y teatral, llena de sutilezas simbólicas como una escenografía barroca, y con un solo escenario con una plataforma circular que sostiene una semiesfera armilar, evocación cósmica que recuerda un poco alguna escenografía del Iván el Terrible de Eisenstein.
La mezzo Anna Caterina Antonacci, ya conocedora del Real, compuso una formidable Isabel; empezó un poco abajo –el volumen de la orquesta no siempre ayudó–, pero pronto se repuso y algún deterioro en la voz no le impidió dar toda la dimensión humana y política al personaje. Impresionante, digno de una gran intérprete y artista, el monólogo final hablado. El tenor Leonardo Capalbo cumplió en el papel de Devereux, aunque le faltó proyección y rotundidad. El personaje y el afecto de la Reina requieren una mayor presencia. El barítono Duncan Rock, buen conocedor de Britten, encarnó muy bien, con voz limpia y potente, el personaje de Mountjoy. Sophie Bevan, de instrumento claro y límpido, adiestrado en Mozart y Strauss, compuso una enérgica –y humillada– Penelope, y Paula Murrihy estuvo convincente y sutil. Estupendos Leigh Melrose –todo lo maquiavélico que debe ser Cecil– y David Soar como Raleigh, y a un altísimo nivel todos los demás, desde Elena Copons hasta Gerardo López, Itxaro Mentxaka, Àlex Sanmartí y Sam Furness.
Salvando algún exceso de volumen, la dirección de Ivor Bolton mantuvo la tensión dramática sin un solo momento de decaimiento y sin perder sutileza en los colores, ni cierta calidad camerística en las evocaciones de la música antigua. A primer nivel la Orquesta, que no deja de superar retos difíciles, y el Coro –también el de niños–, de una claridad y una precisión extraordinarias. Los números de baile, para no olvidar nada, eficaces y brillantemente resueltos.  * José María MARCO