CRÍTICAS

Ópera de Flandes
Wagner PARSIFAL
Christoph Pohl, Markus Suihkonen, Stefan Kocan, Erin Caves, Károly Szemerédy, Tanja Ariane Baumgartner. Dirección: Cornelius Meister. Dirección de escena: Tatjana Gürbaca. 1 de abril de 2018.
 
Tatjana Gürbaca se encargó de la producción escénica de Parsifal en Amberes © Opera Vlaanderen / Annemie Augustijns 
 
Hasta la última gota de sangre. Esta expresión se ha leído o escuchado en juramentos militares o en versículos del Evangelio. La última gota es lo extremo, la máxima entrega. Esta producción se plantea el simbolismo de la sangre como antesala de la muerte. ¿Y después qué? ¿Cabría preguntarse por otra existencia donde no hubiera una sangre que perder o derramar? Hace cinco años, Tatjana Gürbaca aceptó la propuesta de la Ópera de Flandes de releer Parsifal, acaso la más sagrada de las óperas wagnerianas, cuyas lecturas alternativas siempre han sido las más arriesgadas, bien por la complejidad de la trama, bien porque acercarse a ella todavía conserva cierto aire de profanación. La directora de escena alemana decidió acercarse al mito parsifaliano haciendo una exégesis de sus propios símbolos: el Grial, que contuvo la última sangre de Cristo, o la herida de Amfortas, que no se cierra. En las dos, la sangre es lo determinante, lo que confiere vida o la quita. El hombre es visto aquí como una especie de ánfora que contiene un precioso líquido, ese que te confiere la mortalidad. Por eso, en el Parsifal de Gürbaca, no hay vaso sagrado, sino que la vasija es una mujer embarazada, la que contiene y da la vida. Sobre un escenario en blancos y pastel, las gotas de sangre manan con la lentitud de un reloj de arena.
La propuesta es sorprendente por la aparente sencillez con que se puede plantear otra visión de esta ópera, sin grandilocuencia ni exageraciones. Tras su estreno, fue premiada como mejor producción internacional wagneriana y por la revista Opernwelt como la mejor de la temporada. Gran parte del éxito estriba en la formidable intuición de esta directora, que sabe escuchar y deja que la música explique lo que de otra manera no podría explicarse.
La lectura del director musical, Cornelius Meister, magnificó ese resultado, con unos tempi dilatados y contemplativos, y logrando extraer un sonido redondo y equilibrado a la orquesta y el coro del teatro. Especial mención merece la escena de la transformación, verdadera conjunción de música y escena en la propuesta menos efectista y más teatral de los últimos años, con unos caballeros marchando en círculo, condenados a vagar eternamente en busca de lo inencontrable.
En el plano vocal destacaron la Kundry de Tanja Ariane Baumgartner, capaz de sumergirse en la oscuridad de unos graves audibles y sonoros, y ascender a un agudo brillante en la escena del castillo. El segundo acto tuvo los mejores resultados merced al Klingsor de Kay Stiefermann, que debutaba el papel, con una voz poderosa, con volumen y gran teatralidad. Stefan Kocan es un buen Gurnemanz, discursivo y evangelista, pero sin la rotundidad sonora de los grandes del pasado. Gran escena coral fue la protagonizada por las muchachas flor, todas debutando el papel. Destacaron la soprano Anat Edri, bien de volumen pero algo brusca, y la mezzo Zofia Hanna, muy teatral y de timbre muy bello. Muy interesantes fueron también el Amfortas de Christoph Pohl, bien cantado y con la humanidad que demandaba su papel, y el Parsifal de Erin Caves, que evolucionó de lo contenido a lo profundo en el último acto.  * Felipe SANTOS