CRÍTICAS

CNDM
Recital Florian BOESCH
Obras de Franz Schubert y Robert Schumann. Justus Zeyen, piano. Teatro de La Zarzuela, 9 de abril de 2018.
 
Es bien sabido que a veces las cancelaciones y las sustituciones dan buenas e incluso excelentes noticias. Es lo que ocurrió cuando la soprano Anna Lucia Richter avisó de que no podría cantar en el Ciclo de Lied del Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM) en el Teatro de La Zarzuela y sobre todo cuando la sustituta prevista anunció que tampoco estaba en condiciones de tomar el testigo. Así que la dirección del CNDM se las arregló para involucrar al gran Florian Boesch, veterano en esta serie de recitales, para el concierto. El barítono austríaco propuso su predilecto Viaje de invierno y El canto del cisne, dos obras que se van a escuchar muy pronto en el mismo ciclo. Acabó, con una generosidad y una profesionalidad admirables, por presentar un programa aún más difícil, si cabe, con una selección de Schubert (primera parte) y Schumann sobre textos de Goethe y Schiller.
El recital empezó con Prometheus, un Lied en el que Boesch sacó a relucir su veta expresionista y declamatoria, con una extraordinaria capacidad para matizar con sentido teatral cada palabra, a veces casi cada sílaba. El Grupo del Tártaro siguió en la misma línea, pero pronto se abrió paso una veta más lírica, en la que el intérprete demostró la belleza de su timbre, la calidad del centro y una línea de canto que no se rompe nunca a pesar de los cambios de color y el adelgazamiento, casi infinito, de la voz en el registro alto. Así es como se enfrentó al Liederkreis de Schumann, síntesis de la esencia del Lied y una de las expresiones más intensas e íntimas del sentimiento amoroso. Boesch lo bordó, desde el apuntar de la esperanza al principio, la contemplación extática de la naturaleza luego y el profundo desencanto final, dulcificado por la poesía que a estas alturas se ha hecho, como ocurrió en el recital del barítono, voz pura, sin materia. Con la misma intimidad lírica abordó las maravillosas Canciones del arpista de Schubert, aunque volvió después a algo que todo liederista debe tener, que es la capacidad para el humor y el sarcasmo, tan propio de Heine, en El pobre Pedro de Schumann.
Como Boesch cincela cada canción, se requiere un acompañante que mantenga el fluir musical y al mismo tiempo aporte su propia perspectiva, sacando al oyente un poco de la absorbente lectura del protagonista. Eso es lo que logró el excelente Justus Zeyen, capaz también de vuelo lírico. Un recital que iba para catastrófico se convirtió así en un gran triunfo, corroborado con cuatro propinas. Dos de Schubert y otras dos de Schumann, para que todo fuese redondo.  * José María MARCO