CRÍTICAS

Opéra National de Lorraine
Verdi UN BALLO IN MASCHERA
Stefano Secco, Giovanni Meoni, Rachele Stanisci, Ewa Wolak, Hila Baggio, Philippe-Nicolas Martin, Fabrizio Beggi, Emanuele Cordaro. Dirección: Rani Calderon. Dirección de escena: Waut Koeken. 27 de marzo de 2018.
 
Un ballo in maschera en la versión escénica de Waut Koeken © Opéra National de Lorraine
 
Fue esta la noche del director Rani Calderon: su estatura imprimió a sus gestos una nota de solemne tranquilidad que, lejos de contrariar los aspectos sórdido y tenso del drama, los acentuó alargando el tempo, enfatizando los silencios; su trabajo permitió al espectador darse cuenta de lo que estaba ocurriendo. Más atento al escenario que al foso, no por ello fue la orquesta menos eficaz; dio indicaciones de las entradas sin pausa a cantantes y a instrumentistas, tanto del grado cantabile de las frases, de la intensidad o del matiz de la emisión… Los músicos obedecieron en todo instante; los cantantes, no siempre.
Fue también esta la velada de las voces graves. La mezzo polaca Ewa Wolak cantó Ulrica como pocas veces se habrá oído interpretar este difícil papel. El amplio diapasón de la artista, su dominio del legato, el calor de su timbre –en particular en el registro grave– y su capacidad interpretativa dieron buena cuenta del truculento personaje. También el barítono Giovanni Meoni (Anckarström) lució buenas disposiciones vocales para representar al marido burlado por el rey, su fiel amigo. Su presencia física fue muy creíble. Interpretó sus dos célebres arias a la perfección y estuvo vocalmente muy presente en diálogos y transiciones de su personaje. Añádase lo mismo de Fabrizio Beggi (Ribbing) y Emanuele Cordaro (Horn), los dos conspiradores, que aportaron con sus voces graves y bien templadas verosimilitud a la situación dramática.
A la perfección de las voces graves se sumó la de Hila Baggio (Oscar), que hizo del personaje un palaciego bufón con el objetivo de servir y divertir también al monarca. La soprano encadenó sus intervenciones con soltura y flexibilidad, con ligereza también pero con ritmo, elegancia y justeza.
Rachele Stanisci estuvo irregular en el papel de Amelia. Cierto que dispuso la artista de un timbre elegante y refinado y que ligó las frases con arte, pero afearon su trabajo algunas dudas y repetidas pérdidas de intensidad en momentos críticos de transición del forte al piano, frecuentes en el pentagrama verdiano. Stefano Secco (el rey Gustavo) fue, por desgracia el punto flojo de la noche. Tras las dudas, las pérdidas de timbre y de volumen, alcanzó el tenor un muy buen nivel durante el bello diálogo mantenido con Amelia en las primeras escenas del segundo acto. Fueron entonces ambos artistas capaces de transmitir los sentimientos plenos y sinceros de dos enamorados. El coro (Jacopo Facchini) cumplió bien su cometido.
Waut Koeken optó por la primitiva versión de la obra, con la figura del rey sueco Gustavo III. Dispuso una escenografía (Luis F. Carvalho) a modo de teatro en el teatro, ni original ni eficaz para dar relieve a la historia. Logró de sus artistas actitudes dramáticas convincentes. La escena final transcurrió en una escenografía que representaba –probablemente– la sala del teatro Drottingholm, totalmente volcada: el magnífico techo del teatro sueco quedó como telón de fondo del escenario y los palcos aparecieron en posición horizontal, alineados a ambos lados. Fue ciertamente espectacular, pero del todo gratuito.  * Jaume ESTAPÀ