CRÍTICAS

Opéra Municipal de Marseille
Massenet HÉRODIADE
Inva Mula, Béatrice Uria-Monzon, Bénédicte Roussenq, Florian Laconi, Jean-François Lapointe, Nicolas Courjal, Jean-Marie Delpas, Antoine Garcin, Christophe Berry. Dirección: Victorien Vanoosten. Dirección de escena: Flavien Boy. 30 de marzo de 2018.
 
Flavien Boy dirigió la puesta en escena de Hérodiade en Marsella © Opéra Municipal de Marseille / Christian Dresse
 
Fue un placer presenciar este Hérodiade, obra de grandes dimensiones, poco representada y menos conocida, con un elenco de artistas franceses de gran calidad que respetó escrupulosamente la prosodia de los textos. Los libretistas Paul Millet y Henri Grémont, más interesados por redondear sus relamidos diálogos que por atenerse al Nuevo Testamento, confeccionaron una historia retorcida con los personajes bíblicos: el rey Hérode, enamorado de Salomé, pidió a Jean (el Bautista) que sublevase al pueblo para liberarse –él– de la opresión romana. Mató luego al santo varón al saber que era el preferido de Salomé. Y esta, aquí una simple cortesana, hija ignorada de Hérodiade, la mujer poco legítima de Hérode, se suicidó al conocer la muerte de su amado Jean.
Se ovacionó el trabajo de Victorien Vanoosten, que, al frente de la orquesta de la Ópera de Marsella, dio una lectura de una gran riqueza armónica, intimista por momentos y grandiosa también luego, con un gran despliegue instrumental y vocal en particular al final de cada acto. Respetó a los cantantes y se lució en las introducciones sinfónicas. El coro, bien preparado por Emmanuel Trenque, se sumó con arte y ciencia a la fiesta. Cada una de sus apariciones, que fueron frecuentes y de índole muy diversa, fue coronada de éxito.
Emocionó el personaje de Hérode, papel central de la rocambolesca historia, en gran parte por la soberbia interpretación que de él dio Jean-François Lapointe. El barítono, en un buen momento artístico, no escatimó esfuerzos para dar a entender la complejidad de la situación dramática que estaba viviendo su personaje, como gobernante cauteloso y también como enamorado imprudente. Es muy probable, sin embargo, que el aplaudímetro  de la velada diese como vencedor al tenor Florian Laconi por la generosidad de su interpretación del profeta Jean. Puntuaron su fraseo numerosos agudos bien resueltos. Sus decires, de contenido más político que religioso, pronosticaban el radiante futuro de su pueblo con tranquilo aplomo. Inva Mula fue una Salomé sentimental, fuerte tanto frente a la vida como en el momento de morir. La soprano albanesa, totalmente integrada en el mundo lírico galo, tradujo con gran derroche de facultades y de sentimientos la firmeza de la cortesana que despreciaba el oro y el poder, ofrecidos por el rey, y estaba dispuesta a dar, sin gran éxito, su amor desinteresado al insensible profeta. También Béatrice Uria-Monzon se mostró a la altura de las circunstancias en su relativamente breve pero muy denso papel de la madre desventurada, la esposa exigente y la mujer política egoísta, capaz de imponer sus propias prioridades al futuro bienestar de sus súbditos. Contribuyeron no poco al éxito de la noche la voz grave de Nicolas Courjal (Phanuel) y Jean-Marie Delpas en Vitellius el odiado gobernador romano.
Buen conocedor de la obra de Jules Massanet, Jean-Louis Pichon propuso una puesta en escena simple y clara que situó en un espacio simbólico (Jerôme Bourdin) construido a base de un único elemento (un mástil puntiagudo) en centenares de ejemplares, que lo mismo podía ser agresivo (la lanza) que defensivo (la empalizada) y que seguro quería expresar la violencia latente y presente en la que vivían la corte, el pueblo y el ocupante.  * Jaume ESTAPÀ