CRÍTICAS

Staatsoper
Verdi MESSA DA REQUIEM
Adina Aaron, Nadezhda Karyazina, Dmytro Popov, Gábor Bretz. Dirección: Kevin John Edusei. Dirección de escena: Calixto Bieito. 31 de marzo de 2018.
 
Calixto Bieito escenificó el Requiem de Verdi en Hamburgo © Staatsoper Hamburg / Brinkhoff/Mögenburg
 
La adaptación dramatúrgica de obras no pensadas para la escena no es un fenómeno nuevo; el propio Calixto Bieito ya ha firmado montajes de piezas como el War Requiem de Britten. Su nueva propuesta, esta para la Ópera de Hamburgo, es otro réquiem célebre, el de Verdi, que, como otras piezas similares, plantea el reto de no contar ni con personajes ni con un mínimo hilo argumental. Bieito no intenta imponer a la fuerza una narración, aunque en diversas escenas plantea un atisbo de relación entre soprano y bajo, por un lado, y tenor y mezzosoprano por otro. El espectáculo presentaba más bien una serie de cuadros de desigual fuerza expresiva que, a falta de una ligazón más firme, no evitó el riesgo de dispersión, en parte porque el regista reiteraba algunas imágenes marca de la casa (la mezzosoprano cortándose el cuello, el intento de suicidio del bajo con un cinturón). En los pasajes más inspirados, sin embargo, el director burgalés conseguía hacer patente la angustia ante la muerte que recorre la partitura de Verdi.
La escenografía de Susanne Gschwender se basaba en altos muros reticulados, recreación estilizada de los nichos de un cementerio que permitían configuraciones diversas, como la evocación de los vitrales de colores de una iglesia contemporánea conseguida gracias a la iluminación de Franck Evin. Bieito apostó algunas imágenes sugestivas, como unos niños inertes al final del Lacrymosa –niños que después jugarán despreocupadamente, manteniendo el ciclo interminable de vida y muerte– o la visión del cuerpo desnudo de una anciana. En el Libera me conclusivo, la soprano ocupaba el centro de la atención mientras, desde cada nicho del muro tumbado en el suelo, los integrantes del coro intentaban atraer a los solistas (un efecto que recuerda en exceso una película de zombis). La imagen final mantenía el tono, entre esperanzado e imprecatorio, de la música de Verdi.
Kevin John Edusei dirigió con eficacia, aunque sin ofrecer grandes revelaciones sobre la partitura, una orquesta situada en el foso y un coro entregado, en ocasiones perjudicado en la proyección de las voces por una escenografía abierta. Curiosamente, la solista más convincente fue un reemplazo de última hora, la soprano Adina Aaron, de fraseo amplio y pianísimos etéreos, bien secundada por el incisivo canto del bajo Gábor Bretz. El tenor Dmytro Popov pecó de enfático mientras que la voz metálica de la mezzosoprano Nadezhda Karyazina hizo la aportación menos interesante.  * Xavier CESTER