CRÍTICAS

Staatsoper Unter den Linden
Richard Strauss SALOME
Gerhard Siegel, Marina Prudenskaya, Ausrine Stundyte, Thomas J. Mayer. Dirección: Thomas Guggeis. Dirección de escena: Hans Neuenfels. 4 de marzo de 2017.
 
Ausrine Stundyte  protagonizó Salome en Berlín © Staatsoper Unter den Linden / Monika Rittershaus
 
Las discrepancias artísticas que se habían ido acumulando durante los ensayos de esta Salome entre el octogenario director de orquesta Christoph von Dohnányi y el septuagenario director teatral Hans Neunfels estallaron tres días antes del estreno. El primero, que recibió la batuta de Zubin Metha en enero después de que el músico indio tuviera que someterse a una operación, se retiró del cartel dejando al equipo del estreno compuesto y sin novio. El escándalo que con frecuencia ha girado en torno a esta ópera volvió a estar servido. Porque además del plantón del director, la Staatsoper no encontró mejor sustituto para el veterano maestro que el asistente de Daniel Barenboim, un joven de 24 años llamado Thomas Guggeis. De correpetidor al púlpito de estreno, y, para añadir morbo a al relato, con la inusual presencia de Barenboim entre el público. ¿En señal de apoyo al chaval? ¿Para tomar las riendas de la representación en caso de desastre mayor? ¿De reserva en el banquillo? Guggeis fue aplaudido con ternura por el bien entrado en años público de la Staatsoper. Se le perdonó la inexperiencia, su nerviosismo, la falta de colores en su paleta y su hambre de sonidos. Se premió su entusiasmo y, a través de su atropellada batuta, a la Staatskapelle, convertida una vez más en el hilo conductor y sustento musical de este drama, basado en la personalísima visión que tenía Oscar Wilde de la historia bíblica de Salomé.
 
Neunfels llevó a cabo una lectura que casi tuvo como respuesta el abucheo, ya desde el primer cuadro, que tanto molestaba a Von Dohnányi: aparece en escena un cohete con forma de falo desde cuyo interior y a través de una trampilla con forma de ojo de buey se veía y cantó Jochanaan. Para el director musical esto era una afrenta a Strauss, pues el compositor no quería que el profeta estuviera visible en el escenario aunque su canto debía ser directo. Neunfels se negó a colocarle detrás de un biombo y menos aún prescindir del erotismo de Salome, aunque en este caso la presentara como andrógina. La princesa vestía un mono pantalón negro y llevaba el pelo corto, siguiendo la moda años veinte. Ella es el alter ego de Wilde, reconocible en escena por un vestuario que incluye unos grandes testículos plateados asomando por la bragueta. No hay danza de los siete velos ni una cabeza en bandeja de plata como recompensa, sino 42 bustos de porcelana alineados por el suelo. Tampoco es un verdugo quien acaba con la vida de Jochanaan, sino la propia Salome. Lo hace a bocados. La princesa andrógina y caníbal muere, como no podía ser de otra manera, en esta producción. No hay marcha atrás ni perdón cristiano a tanta lujuria. Neunfels cree que para Wilde, enemigo de las estrictas leyes de su época victoriana, no hay término medio. Salome es tan radical y pagana como fundamentalista y cristiano es el asceta Jochanaan. Sus maldiciones contra ella son tan emocionales que parecen un intento de resistir a la atracción de esta mujer.
La música de Strauss obliga al público a posicionarse ante las contradicciones que representan los personajes de esta ópera, para la que nunca es fácil encontrar una cantante que haga brillar el difícil papel principal. La soprano lituana Ausrine Stundyte no fue la excepción: mostró un registro algo débil y su vocalización fue nebulosa, aunque es de justicia apuntar que fue en exceso abucheada. Más consistentes estuvieron Gerhard Siegel y Marina Prudenskaya, aunque ninguno se llevó una ovación; Siegel no pasó de lo correcto como Herodes y Prudenskaya deslumbró más por su vestido de lentejuelas que por la personalidad con la que dotó a Herodias. Thomas J. Mayer cantó un Jochanaan respetable, incluso algo  heroico. En resumen, Neunfels se despide del templo berlinés camino a una merecida jubilación dejando una Salome más.  * Cocó RODEMANN