CRÍTICAS

Théâtre de La Monnaie
Mascagni CAVALLERIA RUSTICANA /
Leoncavallo PACLIACCI
Eva-Maria Westbroek, Josè Maria Lo Monaco, Teodor Ilincai, Dimitri Platanias, Elena Zilio; Simona Mihai, Carlo Ventre, Scott Hendricks, Tansel Akzeybek, Gabriele Nani. Dirección: Evelino Pidò. Dirección de escena: Damiano Michieletto. 9 de marzo de 2018.
 
Dos detalles del montaje del programa doble formado por Cavalleria rusticana y Pagliacci en Bruselas © Théâtre de La Monnaie / Karl Forster 
 
Las vidas de estas dos óperas se cruzan en 1893, cuando los programadores encuentran en la obra de Leoncavallo un complemento perfecto para la de Mascagni. Aislada, la última superaría en poco la hora de representación, así que las dos juntas llevaría a una mucho más razonable entrada por unas dos horas y media largas de función. A la proximidad estilística se unía el plausible hecho de que Leoncavallo se sintiera inspirado por Mascagni al haber contemplado su obra antes. Lo cierto es que, desde entonces, sus destinos van de la mano, aun cuando lo normal es que las dos óperas se conciban desde ideas diferentes sobre el escenario.
Damiano Michieletto decidió unirlas también en la escena y jugar a cruzar la vida de Santuzza con la de Nedda. Si en L’elisir d’amore el regista situaba al público en una playa de la costa española antes de la crisis, en Cavalleria / Pagliacci conduce al espectador al universo neorrealista italiano de los Rossellini, De Sica, Visconti, Germi. Y ahí, mientras Santuzza y Turiddu porfían alrededor de la panadería de un pequeño pueblo italiano, Nedda, Tonio y Canio tensan su vida en la vieja escuela del mismo lugar, convertido en teatrito provisional. A Nedda se la ve en la escena de Cavalleria colgando los carteles de su función, requebrando ya al atropellado Silvio. Luego, Santuzza se colará en Pagliacci para acercarse a un sacerdote y confesar la culpa del trágico desenlace en la obra previa.
Como es habitual en este director, su mirada es más narrativa que conceptual. Estrenada en el Covent Garden durante la temporada 2015-16, este montaje ganó un Premio Olivier. Todos los detalles están al servicio del relato y el tiempo o su alteración siguen criterios tomados directamente del cine. De ahí que no sorprenda en esta producción la evidente influencia de los neorrealistas, aunque también se puedan reconocer las huellas de Fellini en lo onírico o Pasolini en lo social, como ocurre con Accattone y el concepto tomado para Cavalleria. Quizá sea esta primera historia la más redonda, la más acabada.
En lo vocal pasó otro tanto, con una Eva-Maria Westbroek (Santuzza) de voz amplia y timbrada, desafiante a los zarpazos de la orquesta. El dúo con Teodor Ilincai fue de lo mejor de la noche, junto a la excelsa Elena Zilio, la Mamma, que brindó un papel desgarrado y de gran expresividad vocal. Josè Maria Lo Monaco y Dimitri Platanias completaron el cartel con dos papeles oscuros y de fuerte contraste.
Pagliacci fue la parte más débil, con unas voces que en general aparecieron de escaso volumen. Simona Mihai es una Nedda sensual e inocente, que se movió siempre en un fraseo algo irregular. Scott Hendricks entregó un Tonio de voz engolada y falta de proyección. Carlo Ventre posee los agudos para el papel pero no consiguió el fraseo adecuado en el aria más conocida de la obra.
Evelino Pidò dirigió con brío, a veces excesivo, que resultó bueno para el intermezzo pero sonó sin matices y se alzó como un muro sonoro para el elenco vocal de la segunda ópera.  * Felipe SANTOS