CRÍTICAS

Angers Nantes Opéra
Beethoven FIDELIO
Donald Litaker, Claudia Iten, Anton Keremedtchiev, Christian Hübner, Olivia Doray, Andreas Früh, Pablo Arranday. Dirección: Erki Pehk. Dirección de escena: Philippe Miesch. 16 de marzo de 2018.
 
Dos detalles de la producción de Fidelio ideada por Philippe Miesch © Angers Nantes Opéra / Jef Rabillon
 
Tras la obertura, interpretada con muchas dificultades por parte de las maderas, Erki Pehk tuvo que parar la orquesta: el telón se negaba a alzarse. La noche empezaba mal. Al cabo de dos actos durante los cuales hubo sus más y sus menos, el coro, bien preparado por Xavier Ribes, cerró la velada con broche de oro, llevado por el entusiasmo de la música de Beethoven.
La producción, creada en la vecina ciudad de Rennes el año pasado, se trasladó a Nantes con casi la totalidad de sus solistas. Sobresalieron las voces femeninas. Claudia Iten dio de Leonora, la esposa fiel, decidida en su empeño de salvar a su marido, una versión muy completa, romántica, respetuosa del canto beethoveniano. Emitió con sonoridades claras, dicción perfecta, poco color en la voz, ritmo acorde con las indicaciones del foso. Su trabajo vocal se acompañó de una labor dramática sin exageraciones, adecuada a los increíbles momentos que estaba viviendo. Olivia Doray representó a Marcelina, la pobre enamorada del falso aspirante a carcelero, creando con sabiduría, la ingenuidad supuesta del personaje. Matizó a la perfección su desdén por el sufrido Jaquino y su interés de adolecente por Fidelio.
De Christian Hübner (Rocco) se supo durante el entreacto que cantaba enfermo. Se le perdonó por ello entonces su emisión defectuosa en el primer acto. Curiosamente el cantante, de voz cavernosa, muy adecuada al rol, resolvió sin problema aparente su actuación en el segundo. Anton Keremedtchiev (Pizarro) mostró grandes dotes y un buen conocimiento del canto beethoveniano. Su voz, tensa, y su expresión impertinente dieron buena cuenta del malvado personaje. Fue sin embargo Donald Litaker (Florestan) quien hizo gala de un mayor conocimiento de su misión y de la manera de resolverla vocalmente. Por desgracia su instrumento dio por momentos signos de fatiga y su trabajo no pudo alcanzar la altura que hubiese debido. Acompañaron con un buen nivel vocal a los principales artistas Andreas Früh (Jaquino) y Pablo Arraday en el personaje de Don Fernando.
Pehk dio en toda ocasión signos oportunos para coordinar el trabajo del foso y del escenario. No siempre fue obedecido, de manera que las limitaciones técnicas de los artistas –unos y otros– menguaron bastante lo que hubiese podido ser una velada muy especial. Repítase que el coro creó momentos memorables.
Philippe Miesch firmó la puesta en escena. En un primer momento transportó la trama a la época actual. El aspecto familiar del lugar y del ámbito de la acción restó credibilidad a todo cuanto sucedía, de manera que optó al final de la historia por dar a su relato una orientación irreal, poética, metafísica si se quiere: Don Fernando apareció descalzo, sin uniforme ni otro signo distintivo de su rango y con lirios blancos en las manos. Una aparición tan irreal como la del Séptimo de Caballería al final de una película de John Ford, y tan dulce y generosa como la de la Virgen de Fátima en la portuguesa Cova d’Iria.  * Jaume ESTAPÀ