CRÍTICAS

Òpera de Cambra de Barcelona
García L’ISOLA DISABITATA
Aina Martín, Elena Resurreçâo, Carlos Arturo Gómez, Guillem Batllori. Piano: Viviana Salisi. Dirección de escena: Anna Ponces. Teatre de Sarrià, 17 de marzo de 2018.
 
Protagonistas de L’isola disabitata en el Teatre de Sarrià © Òpera de Cambra de Barcelona / Antoni Bofill
 
La Òpera de Cambra de Barcelona, en el Teatre de Sarrià y bajo la dirección del tenor Raúl Giménez, sigue sorprendiendo a propios y extraños sacando a la luz obras absolutamente inusuales en el panorama lírico de nuestro país. Ahora le tocó el turno de resucitar al compositor y tenor –y maestro de canto–Manuel del Pópulo Vicente García (1775-1832), que ocupa un lugar importante en la historia de la ópera por haber sido, entre otras muchas cosas, el primer Conde de Almaviva de Il Barbiere di Siviglia de Rossini, en su estreno en Roma en 1816. Para entonces el músico sevillano ya llevaba escritas varias óperas en España, y fue luego el primer empresario que llevó la ópera a Nueva York con una compañía con la que puso en escena Don Giovanni (1824) para sorpresa mayúscula del libretista Lorenzo Da Ponte, que entonces vivía en aquella ciudad y no había pensado nunca volver a oír ese fruto de su colaboración con Mozart. Con García viajaba una compañía de cantantes en la que figuraban su propia hija, Maria Malibran, y el barítono catalán Paolo Rosich; luego pasaron a actuar en México, donde fueron desvalijados por unos bandoleros y regresaron a Europa con lo puesto. Otra hija célebre de García fue la mezzo Pauline Viardot, también compositora e impulsora de la carrera de Gounod.
Todo este cúmulo de coincidencias –y otras que se podrían añadir– se pusieron de manifiesto al revivir la última ópera que García escribió en 1831 para los alumnos de sus clases de canto. Está basada en un antiguo libreto de Metastasio, que había sido musicado por más de 30 compositores, entre los cuales el más conocido es Haydn (1779). Como obra didáctica, escrita para cuatro voces y piano, L'isola disabitata fue interpretada en Sarrià con la pianista Viviana Salisi y un equipo de cuatro cantantes jóvenes, entre los que cabe destacar sobre todo a las dos intérpretes femeninas, cuyos personajes se supone que han vivido varios años en una isla deshabitada a la que alude el título, hasta que el marido de la mayor, Gernando, reaparece con un amigo, Enrico, para tratar de encontrar a su esposa, de la que fue arrebatado por unos piratas. Se nota el carácter escolar de la obra, ya que se insiste mucho en fórmulas belcantistas repletas de coloratura, al uso en la época en que la escribió García, y no deja de verse que la inventiva del compositor tiene poca brillantez si se compara con su antiguo colaborador, Rossini, quien vivía en el mismo París donde trabajaba entonces el artista español. Solo el terceto y el cuarteto del final de la obra tienen algún destello del preciosismo melódico que Rossini había vertido a manos llenas en su Comte Ory de un par de años antes.
La labor de los cantantes fue correcta, sobresaliendo, como se ha dicho, las dos solistas femeninas, Aina Martín y Elena Resurreçâo, aunque el tenor, Carlos Arturo Gómez, y sobre todo el barítono Guillem Batllori, también cumplieron con sus roles, todos ellos difíciles y complicados. Basada en una producción sencilla y bien acompañada por la pianista, gustó y el público aplaudió la iniciativa. * Roger ALIER