CRÍTICAS

Théâtre des Champs-Élysées
Händel ALCINA
Cecilia Bartoli, Philippe Jaroussky, Julie Fuchs, Varduhi Abrahamyan, Christoph Streh (Allan Clayton), Krzysztof Bączyk. Dirección: Emmanuelle Haïm. Dirección de escena: Christof Loy. 20 de marzo de 2018.
 
Loy llevó su visión de Alcina a París © Théâtre des Champs-Élysées / Vincent Pontet
 
Felicítese ante todo a quien fue capaz de reunir tanto talento en una producción. La noche, que se anunciaba muy especial, superó con creces las expectativas de los más optimistas. Christof Loy dispuso la acción en un teatro, de forma inteligente y fiel al cuento de la maga –las divas algo tienen que ver con la magia–, de su corte y de sus desengaños, que también deben tener. Tres escenografías (Johannes Leiacker) ilustraron la historia: el escenario y su subsuelo, los camerinos, el desván de los decorados. Respetó el canto como pocos directores de escena osan hacerlo hoy: durante las arias da capo añadió a la intervención del solista tan solo algunos gestos, totalmente vinculados al texto, por parte de los comprimarios presentes. La gran simpatía personal de los artistas presentes impidió dramatizar la historia hasta el final y Loy se permitió relajar el ambiente tenso creado en los dos primeros actos para decir al público “todo no es más que broma”, como dice Sir John al final de Falstaff. Philippe Jaroussky se prestó en particular al happening con gracia y arte, bailando con los seis boys, bailarines barrocos –también la danza barroca tuvo su momento– al ritmo trepidante de la música de Händel.
Cecilia Bartoli (Alcina) lanzó a mezzavoce su primera aria, “Di’ cor mio…”, y mantuvo esa intensidad durante los dos primeros actos. En el aria “Sí, son quella” disminuyó aun el volumen de su canto, lo que produjo un silencio religioso en la sala. Pasadas otras vicisitudes llegó la esperada aria “Ah, mio cor!” de la que sobresalió la frase “puoi lasciarmi sola in pianto”, repetida una y otra vez. La emoción fue palpable. Tuvo que esperar la cantante al acto final para enfrentarse con gran fortuna, con notas de adorno en cantidad, a velocidades de vértigo. Se la vio finalmente feliz en estos momentos.
Jaroussky (Ruggiero) confirmó sus cualidades de cantante muy fuera de lo ordinario. Como por arte de magia surgía irreal el primer sonido de cada frase –ya fuera el de una vocal más o menos abierta o una consonante, silbante, fricativa o explosiva–, sin la menor onda de choque, sin provocar el más mínimo temblor en el oído oyente, obedeciendo a leyes físicas de otro universo. Alargó las notas finales con gran facilidad y sin buscar el aplauso, que de todas formas el público, generoso, no le escatimó. Fue capaz de recitar, con un fraseo de gran claridad, largas líneas de canto que hubiesen necesitado algún reposo pulmonar intermedio por parte de un buen cantante, y mostró también esta vez que era capaz de dramatizar convenientemente su personaje.
Al lado de dos artistas de estas dimensiones los comprimarios dieron lo máximo de sus posibilidades artísticas. No tenían otra opción, y así lo hicieron. Julie Fuchs fue una dócil y enamorada Morgana que compartió con su hermana Alcina un duro desengaño amoroso. Varduhi Abrahamyan (Bradamante) fue muy aplaudida por su canto, voz oscura y respeto de la línea melódica, pero también por su desparpajo dramático mezcla de violencia y dulzura. Christoph Strehl, enfermo, no pudo cantar. Actuó en el escenario mientras que Allan Clayton cantaba el personaje de Oronte desde el foso. La coordinación de ambos artistas fue perfecta hasta el punto que se perdía de vista el engaño. Completó el reparto Krzysztof Bączyk en el papel de Melisso.
La orquesta y los solistas del Concert d’Astrée al completo, capitaneados por Emmanuelle Haïm, acompañaron a los artistas en el escenario durante las tres horas de maravillosa representación. Fue, como de costumbre, la dirección de Haïm –sus gestos, su solicitud para con el foso y el escenario– un verdadero ballet hecho de precisión, ritmo y gracia: un espectáculo dentro del espectáculo, en suma.  * Jaume ESTAPÀ