Teatro Real
Verdi AIDA
Liudmyla Monastyrska, Gregory Kunde, Violeta Urmana, Roberto Tagliavini, George Gagnidze, Solomon Howard, Sandra Pastrana, Fabián Lara. Dirección: Nicola Luisotti. Dirección de escena: Hugo de Ana. 7 de marzo de 2018.
 
La Aida de Hugo de Ana se repuso en Madrid © Teatro Real / Javier del Real
 
Después de veinte años volvió Aida al Teatro Real, y lo hizo a lo grande, con la misma fastuosa puesta en escena y el mismo director (Hugo de Ana) de entonces. Los elementos nuevos –los telones transparentes para proyección de imágenes de dioses, templos y columnas– no varían sustancialmente el sentido de la representación, con una Aida situada en un Egipto clásico, un poco destrozado por aquello de la postmodernidad, con sus pirámides, sus palmeras y sus dioses dorados. Magnífica la puesta en escena de la Marcha triunfal, con la opresiva escalinata casi encima de la orquesta, y flojas las coreografías, por mucho que el ballet de las momias fuera una buena ocurrencia. Habrá quien diga que así no se gana nuevo público. Quien esto firma piensa lo contrario, que son estas puestas en escena –sin drogadictos, terroristas, ropa interior ni incestos– las que crean afición.
 
El reparto lo encabezó una Liudmyla Monastyrska en plenitud de facultades, expresiva, centrada, sin problemas en los graves y, sobre todo, una admirable capacidad para llenar el teatro con pianísimos de otro mundo, en particular en “O patria mia”. A esta Aida doliente y casi siempre resignada le dio la réplica un Gregory Kunde no demasiado brillante en “Celeste Aida”, pero que luego se rehízo para terminar muy arriba, con gran despliegue de medios. El carácter y la virilidad del tenor suplieron, en cualquier caso, las irregularidades y las inconsistencias del arranque. Violeta Urmana, que se reservó un poco al principio, estuvo magnífica y compuso una Amneris oscura y convenientemente malvada hasta llegar al arrepentimiento final. Se impuso, sin duda, con autoridad y una voz que parece no tener fondo ni techo, de tan densa y homogénea como es.
Roberto Tagliavini cantó un gran Ramfis, humanizado y próximo al drama, y George Gagnidze, en sustitución de Gabriele Viviani, dio vida a un estupendo Amonasro, convincente, por línea de canto y por actuación, en el dúo con su hija, esencia del canto verdiano. Muy bien Solomon Howard, hermosa y evocadora la voz de Sandra Pastrana y excelente Fabián Lara en su breve intervención de mensajero.
 
La dirección de Nicola Luisotti, al que siempre se echa de menos, resultó amable con los cantantes y extraordinariamente fluida y matizada: así es como se consigue que parezca fácil la fusión, tan propia de Aida, de espectacularidad e intimismo, bien resuelta también en escena. La Orquesta estuvo soberbia en las cuerdas, los metales –es obligada la referencia a las trompetas llamadas egipcias– y, en la segunda banda, las arpas, tan marciales. Excelente, el Coro, que transita también de lo puramente exterior a la sugestión panteísta, casi mística. Un reestreno de gran éxito.  * José María MARCO