Ópera
Meyerbeer L’AFRICAINE / VASCO DA GAMA
Michael Spyres, Claudia Mahnke, Brian Mulligan, Kirsten MacKinnon. Dirección: Antonello Manacorda. Dirección de escena: Tobias Kratzer. 2 de marzo de 2018.
 
Tobias Kratzer llevó la trama de L’Africaine al espacio © Oper Frankfurt / Monika Rittershaus 
La decisión de la Ópera de Frankfurt de presentar una nueva producción de la obra póstuma de Meyerbeer bajo un doble título tiene cierta lógica, ya que subraya el conflicto dramático subyacente. L’Africaine es, por descontado, el nombre bajo el que se ha conocido durante siglo y medio esta partitura, desafiando el hecho de que la protagonista no sea africana. Y Vasco da Gama –con el ‘de’ francés fue uno de los títulos de trabajo usados por el compositor y su libretista, Scribe– pone el foco en el protagonista masculino, personaje no demasiado simpático por su obsesión por la gloria conquistadora. Dos nombres para dos mundos que chocan, que Tobias Kratzer escenifica inspirándose en los filmes de ciencia-ficción y en las sondas espaciales que, en los años 70, llevaban mensajes de la Tierra a posibles civilizaciones extraterrestres. Así, Vasco de Gama es un astronauta surcando las estrellas en las que encuentra a Sélika y su gente, criaturas de piel azul a medio camino de Avatar y los pitufos. Si el concepto de base es defendible, la realización práctica es francamente deficitaria. El decorado y el vestuario de Rainer Sellmaier son más propios de una space opera de serie Z, la dirección de actores no evita caer en convencionalismos tópicos, y algunas soluciones visuales –el vuelo de los astronautas fuera de la nave en el tercer acto– provocó espontáneas carcajadas y aplausos de una parte del público que prefirió tomarse a broma el invento. Solo en la escena final consiguió Kratzer ciertas dosis de inspiración, con Sélika, en pleno delirio por los efluvios mortales del manzanillo, flotando en el espacio hacia su amado, imagen poética rota por la cruda realidad: Vasco conquistando brutalmente el planeta.
La larga escena de la muerte de Sélika fue uno de los puntos álgidos de la representación gracias al canto altamente expresivo de Claudia Mahnke. La mezzosoprano alemana superó las limitaciones de una caracterización espantosa con una voz capaz de abarcar sin problemas la extensa tesitura. La nobleza del fraseo y la luminosidad del timbre de Michael Spyres hicieron maravillas en “O doux climat” –más conocida como “O Paradis”– y solo la falta de mayor densidad vocal en los momentos más dramáticos restó algunos enteros a este remarcable Vasco. Brian Mulligan fue un Nelusko apropiadamente rudo –no hacía falta darle un aspecto tan recauchutado–, mientras que Kirsten MacKinnon aportó frescor y agilidad a una Inès de gran relieve. La solidez de los papeles secundarios evidenció la buena salud de la compañía de Frankfurt, pese a que la orquesta no siempre pareció sentirse cómoda con el estilo de la grand opéra, con un sonido gris en el que de vez en cuando descollaba algún notable solista instrumental. Parte de la responsabilidad recae en Antonello Manacorda, quien firmó una lectura más atenta a la eficacia teatral que en buscar las bellezas de la música de Meyerbeer.  * Xavier CESTER